Una casa para Dios – La Web Cristiana de Apologetica

Es preciso, pues, que acojas la Palabra con toda la fuerza de su bendición para ti, pero también con toda la fuerza de su consagración. No puede, en efecto, la Palabra de Cristo habitar en un ser sin santificarlo, del mismo modo que el fuego no puede estar vivo sin calentar y quemar. Hay quienes quieren ser bendecidos por la Palabra, en el sentido de recibir sus bienes, pero no anhelan ser consagrados por la Palabra, para llegar a ser buenos. Les interesa más disfrutar del bien que alcanzarlo, y por esta funesta división cierran las llaves de la misericordia, pues Dios detiene sus regalos cuando las manos se vuelven primero negligentes, luego irresponsables y por último agresivas.

La Palabra hay que escucharla con la disposición profunda de ser consagrados por Ella. Por eso María, la de Betania, se sentaba a los pies de Cristo con el solo deseo de ser bañada por el manantial salubérrimo de la predicación del Hijo de Dios. Martha, la hermana de María, se esforzaba en hacer amable la estadía de Jesús, y no entendía que donde Él quiere estar a gusto no es tanto en estas habitaciones terrestres, así se tratar de palacios, sino en la mente atenta y enamorada de sus discípulos.

Recibir la consagración de la Palabra implica ser “apartados” para Dios, como dijo Dios mismo refiriéndose al Apóstol Pablo: “Es un instrumento que yo escogí” (cf. Hch 9,15). Y también Nuestro Señor dijo en aquella memorable oración de despedida que había apartado a los suyos, y que por eso ya no eran “del mundo” (Jn 17,6.14).

He aquí la diferencia entre oír la palabra humana y oír la Palabra Divina: a los discursos humanos se les presta atención como quien se entera o informa de algo; al discurso de Dios se le ofrece el alma, de modo tal que pueda Él escribir con libertad lo que a bien tenga y como bien tenga. Todo aquel que quiera oír de veras a Dios ha de decirle:

“Aquí tienes mi vida:
sea éste el papel donde escribas, y el barro que modeles.
Haz conmigo una canción, una oda o una elegía.
Escoge tú los versos que quieres que resuenen
a mi breve paso por este mundo.”

“Concede tú que mis días sean
ese instrumento apropiado para la sinfonía de los Cielos,
y haz que mi silencio y mi tonada
hagan armonía en la preciosa obra
que sólo Tú puedes componer.”

“Soy como un cuadro, Señor,
y hoy acojo con amor todos los tonos de mi vida:
aquellos ocres de amargura,
estos verdes de ilusión y esperanza;
el azul que me levanta a tu inmensidad
y el rojo que me habla de tu Fuego.
Hoy sé que aquellos oscuros marrones
y aquellas sombras espantosas
tenían también su sitio,
y por eso, a ti, Artista Divino de mi alma,
te entrego lo que es tuyo.
Te pertenezco, Amor y Dueño mío;
soy tuyo, Hacedor de mis días y descanso de mis noches;
ven, pues, por lo que te pertenece
y llévame para siempre a tus estancias
saturadas del perfume del amor sin mancha.”

“Ven, y descansa en mí, Palabra Bendita.
Reposa a mi lado, recibe mi abrazo, quédate conmigo.
¡Oh Palabra viajera, oh ilustre Peregrina!
Largo camino llevas; sosiega tu paso, descalza tu pie,
deja que lave tus plantas
y te brinde la hospitalidad de mi pobre casa,
que Tú haces rica, y de mi indigna morada, que Tú ennobleces.”

“Escríbete en mí, Palabra potente,
grábate en mi alma, Palabra suave y bella.
¿Adónde vas con tal premura,
por qué me dejas tan presto,
quién hay que te aguarde como yo te he aguardado?
A nadie deseé y en nadie he esperado tanto;
a nadie amé, ni hubo fuego como éste
que tu presencia luminosa y el garbo de tu andar
han regalado a mi corazón anhelante.
Aquí estoy, Palabra Divina:
quiero ser tu hogar para siempre,
y quiero vivir en ti por los siglos sin término.”

Deja que te invite a la alegría; Dios te ama: ¡su amor es eterno!

Por Ángel.

Viernes, 21 de enero del 2000

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