¿Quién era Simón el fariseo?


Pregunta: “¿Quién era Simón el fariseo?”

Responder:

Nos encontramos con Simón el fariseo en el Evangelio de Lucas cuando recibe a Jesús en su casa para cenar. La comida es interrumpida por una mujer pecadora que unge a Jesús con un frasco de perfume caro. Este relato es el único lugar en el que se menciona a Simón el fariseo en la Biblia.

En Lucas 7: 36–50, se invitó a Jesús a cenar en la casa de Simón el fariseo. Mientras el Señor estaba reclinado a la mesa en la pose habitual, llegó un invitado no invitado, una mujer anónima conocida sólo por su pecaminosidad. Ella trajo consigo “una hermosa vasija de alabastro llena de perfume caro” (versículo 37, NTV). La mujer se arrodilló a los pies de Jesús, llorando grandes lágrimas que cayeron sobre sus pies. Luego, recogiéndose el cabello, se secó las lágrimas, besó los pies del Señor y los ungió con su perfume.

Cuando Simón el fariseo vio lo que estaba sucediendo, se sorprendió de que Jesús permitiera que una mujer tan inmoral lo tocara. Los fariseos, que en apariencia eran piadosos y religiosamente hipócritas, se enorgullecían de su separación de todo lo impuro y pecaminoso. Simón pensó para sí mismo: “Si este hombre fuera un profeta, sabría qué clase de mujer lo está tocando. ¡Ella es una pecadora! ” (Lucas 7:39, NTV). Al leer los pensamientos del hombre, Jesús demostró que era mucho más poderoso que solo un profeta. Le dijo a Simón: “Tengo algo que decirte”.

Jesús le contó a Simón una breve parábola: un banquero prestó dinero a dos personas: una suma enorme para una y una suma modesta para la otra. Ninguno de los dos pudo pagar la deuda, por lo que el banquero mostró misericordia, perdonó a ambos y canceló sus deudas. Entonces Jesús le hizo a Simón el fariseo una pregunta crucial: “¿Quién se supone que amó más al banquero después de eso?” Simón respondió: “El que tiene la mayor deuda” (Lucas 7: 42–43).

Jesús reconoció que Simón había respondido correctamente. Luego se volvió hacia la mujer pecadora y comenzó a compararla, una adoradora humilde, misericordiosa y de corazón generoso, con el fariseo orgulloso y descortés. Simon se había olvidado de realizar las cortesías hospitalarias básicas que se brindaban a los huéspedes en esos días. No le ofreció agua a Jesús para que le lavara los pies antes de la cena. Sin embargo, la mujer le lavó los pies con lágrimas y se los secó con el cabello. Simon no había saludado a su invitado con un cariñoso beso en la mejilla, pero la mujer le había bañado los pies con besos. El fariseo ni siquiera había escatimado aceite de oliva para ungir la cabeza del Señor, un acto que mostraba respeto y cortesía hacia un invitado, pero la mujer había ungido los pies del Señor con su perfume invaluable.

Finalmente, Jesús llegó al punto de su comparación: “Les digo que sus pecados, y son muchos, le han sido perdonados, por eso me ha mostrado mucho amor. Pero una persona a la que se le perdona poco, muestra poco amor ”(Lucas 7:47, NTV).

Simón el fariseo se había rebelado por la pecaminosidad de la mujer, pero Jesús la aceptó con amor y le permitió tocarlo, lavarlo, besarlo y ungirlo. Su deuda había sido enorme y Jesús le había perdonado mucho. Como resultado, ella derramó su amor por Dios con una demostración extravagante de pasión que Simón el fariseo no pudo comprender. Entonces Jesús le aseguró a la mujer el perdón de Dios (Lucas 7:48).

Los hombres en la mesa se preguntaron: “¿Quién es este hombre que anda perdonando pecados?” (Lucas 7:49, NTV). Jesús les estaba revelando que Él mismo era Dios. A través de este encuentro con la mujer pecadora, Jesús también les estaba mostrando que su amor por Dios era profundamente deficiente. Simón el fariseo era el deudor de la parábola cuya deuda cancelada era mínima y cuyo amor por Dios era, en el mejor de los casos, tacaño. El episodio fue directo al corazón de la controversia en curso de Cristo con los fariseos santurrones.

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