La potencia de una vida derramada hasta lo sumo – La Web Cristiana de Apologetica

Para llegar a alcanzar un estado de amor, constante y ardiente por el Señor, debemos romper todos los alabastros en los que podamos tener encerrados la sutil esencia de la vida: nuestro “Yo”.

Algunas veces hay que derramar el alabastro, de alguna reserva de la voluntad, tal vez un sufrimiento evitado, un camino de soledad rechazado. Estas cosas profundas que nos reservamos, nos son estorbos para abandonarnos completamente a Dios, y componen un alabastro que debe ser quebrantado al Señor.

Otro alabastro que verter es el de la amistad humana, en nuestro amor a Jesús y en nuestra vida de consagración a Él. Nos vemos en el trance de poner fin a algunos vínculos sociales y repetidas veces quebrantar un alabastro hermoso de la estima humana, como el cariño de familiares y amigos queridos; a fin de derramar la última gota de amorosa obediencia a los pies de nuestro bendito Jesús.

El ungüento que María de Betánia derramó sobre el Señor era muy costoso, lo que motivó las críticas de las almas mezquinas, que antes como ahora siempre están dispuestas a la crítica, sin pensar en el esfuerzo que supone quebrar el “alabastro” y verter todo su contenido desde la cabeza a los pies de Jesús; por el amor, a quien todo lo dio por la humanidad perdida.

La historia relata que “la casa se llenó del olor del ungüento derramado por María sobre su Señor”. (Jn 12:3). De igual manera, cuando el alabastro del cuerpo de Cristo, fue quebrado, toda la tierra y el cielo mismo se llenaron del perfume de su apacible y amoroso espíritu.

Ocurre lo mismo, cuando nosotros rompemos los estuches de la naturaleza humana y del amor propio: entonces se libera de nosotros el mismo olor de la naturaleza de Cristo. El Espíritu Santo revela en las Sagradas Escrituras: “Por el olor de tus suaves ungüentos. Ungüento derramado es tu nombre. Por eso las doncellas te amaron.” (Cant. 1:3).

Los personajes cristianos cuya fragancia se ha difundido por todo el mundo, son aquellos que han derramado el alabastro de su vida quebrantada para el Señor. Cuan grande verdad encontramos en el acto de María, cuando secó los pies de Jesús con sus mismos cabellos.

Lo que ahora vertimos en amante servicio a Dios, algún día descenderá sobre nuestras cabezas, con fragante olor.

Ser, quizá exagerado en nuestro amor hacia el Señor, se considera fanatismo, en la opinión de algunos cristianos, como en el caso de esta mujer de Betánia. Los discípulos se asombraron al ver la extravagancia de aquella mujer de Betánia que derramaba un ungüento tan costoso sobre el Señor, y la criticaron por su exceso hacia Él.

Los que aman a Dios intensamente, siempre desconcertarán a los discípulos fríos y reservados. (Mt 26:8 y Marc. 14:4).

Aun entre los mas consagrados, aquellos que den prueba de la fogosidad de su amor, tendrán que exponerse al horno de la crítica, del pueblo de Dios, que no puede comprender la dulzura de una vida derramada extravagantemente al Señor.

El mismo Señor al final de este hermoso pasaje exclama: “De cierto os digo que donde quiera que fuese predicado este evangelio en todo el mundo, también esto que ha hecho “Esta”, será dicho para memoria de ella”. (Marc. 14:9).

Y olvidar toda clase de críticas y tratar de amar al Señor como María de Betánia… y si vuestra hermana quebrase el frasco de alabastro después de haber servido a su Señor os pido un poco de amor para ella.

C. Mesa.

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