Invocación al Señor – La Web Cristiana de Apologetica

Separarse de Ti es caer; volverse a Ti, levantarse; permanecer en Ti es hallarse firme. Alejarse de Ti es morir, volver a Ti es revivir, morar en Ti es vivir. Nadie te pierde sino engañado, nadie te busca sino avisado, nadie te halla sino purificado. Dejarte a Ti es ir a la muerte, seguirte es amar, verte es poseerte. Para Ti nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad.

Te invoco, oh Dios, por quien vencemos al enemigo, por cuyo favor no hemos perecido totalmente. Tú nos avisas que vigilemos, Dios, con cuya luz discernimos los bienes de los males, y con cuya gracia evitamos el mal y hacemos el bien. Tú nos fortificas para que no sucumbamos en las adversidades.

Dios, a quien se debe nuestra obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos ajeno. Dios, por quien superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos envilecen y nuestra porción superior no está sujeta a la inferior. Dios, por quien la muerte es sorbida en victoria. Dios, que nos conviertes. Dios, que nos desnudas de lo que no es y nos vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos, que nos defiendes y nos guías a la verdad. Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estupidez ajena. Dios, que nos vuelves al camino, que nos traes a la puerta y haces que sea abierta a todos los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la Vida, que nos das de beber lo que verdaderamente nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Dios, por quien no nos arrastran los incrédulos, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de Ti, por quien no somos esclavos de los flacos y serviles elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda.

Todo cuanto he dicho eres tú, mi Dios único; ven en mi socorro, una, eterna y verdadera sustancia, donde no hay ninguna discordancia, ni confusión, ni cambio, ni indigencia, ni muerte, sino suma concordia, suma evidencia, soberano reposo, total plenitud y suma vida; donde nada falta no sobra; donde el que engendra y el que es engendrado son una sola cosa. Tú creaste al hombre a tu imagen y semejanza, como lo reconoce todo el que a sí mismo se conoce. Óyeme, escúchame, atiéndeme, Dios mío, Señor mío, Rey mío, Padre mío, principio y Creador mío, esperanza mía, herencia mía, mi honor, mi casa, mi patria, mi salud, mi luz, mi vida. Escúchame, escúchame, escúchame según tu costumbre, de tan pocos conocida.

Ahora te amo a Ti solo, a Ti solo sigo y busco, a Ti solo estoy dispuesto a servir, porque tú solo justamente señoreas; quiero estar bajo tu jurisdicción. Manda lo que quieras, pero sana mis oídos para oír tu voz; cura y abre mis ojos para ver tus signos; destierra de mí toda ignorancia para que te reconozca. Dime adónde he de dirigir la mirada para verte, y espero todo lo que me mandes.

Recibe a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre; basta ya con lo que he sufrido; basta con mis servicios a tu enemigo, hoy puesto bajo tus pies; basta ya de ser juguete de las apariencias falaces. Recíbeme como siervo tuyo; vengo huyendo de tus contrarios, que me retuvieron sin pertenecerles, porque vivía lejos de Ti. Ahora comprendo la necesidad de volver a Ti: ábreme la puerta porque estoy llamando, enséñame el camino para llegar a Ti. Sólo tengo voluntad; sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para llegar a lo seguro y eterno. Esto hago, Padre, porque sólo esto sé, pero aún no conozco el camino para llegar a Ti. Enséñamelo tú, muéstramelo tú, dame tú la fuerza para el viaje. Si con la fe llegan a Ti los que te buscan, no me niegues la fe; si con la virtud, dame la virtud; si con la ciencia, concédeme la ciencia. Aumenta en mí la fe, acrecienta la esperanza, amplía la caridad. ¡Qué admirable y singular es tu bondad!

A Ti se elevan mis suspiros, y vuelvo a pedirte alas para subir a Ti. Si me abandonas, la muerte se cierne sobre mí; pero tú no abandonas, porque eres el Sumo Bien y nadie te buscó del modo debido sin que te encontrara. Y debidamente te buscó quien recibió de Ti el don de buscarte como se debe. Que te busque, Padre mío, sin caer en ningún error; que al buscarte a Ti, no me salga al encuentro otro en tu lugar. Ya que mi único deseo es poseerte, ponte a mi alcance, Padre mío; y si ves en mí algún apetito superfluo, límpiame para que pueda verte.

Con respecto a la salud corporal, mientras no me conste que es útil para mí o para mis amigos, a quienes amo, todo lo dejo en tus manos, Padre sapientísimo y óptimo, y rogaré por esta necesidad según oportunamente me indicares. Ahora sólo imploro tu clemencia para que me conviertas plenamente a Ti y destierres todas las repugnancias que a ello se opongan. Y mientras lleve la carga de este cuerpo, haz que sea puro, magnánimo, justo y prudente, perfecto amante y conocedor de tu sabiduría, y digno de la habitación y habitante de tu beatísimo reino. Amén, amén.

San Agustín s. IV

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