El cumplimiento de la ley – La Web Cristiana de Apologetica

En primer lugar, debemos pensar en qué situación personal nos encontramos, puesto que, si no has conocido verdaderamente a Cristo, negándote a ti mismo, todavía no eres salvo, y aún estás sujeto al pecado y por ende a la Ley: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1ª de Juan 3.4). Por consiguiente, “sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” (Romanos 3.19-20).

El hombre se afana por intentar cumplir la Ley que Dios nos ha dejado, Sus Mandamientos, pero no se da cuenta que, para él, es imposible cumplirla; por más que quiera no puede, incluso el hombre más bueno en el mundo, seguro que en algún momento de su vida incumplió el más pequeño de los mandamientos: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2.10). Por lo tanto, por el camino de la Ley, de las buenas obras, no se llega a Dios, a causa de nuestra imperfección.

Pero si existió un hombre que cumplió toda la Ley y ese fue Cristo, el único sin mancha, perfecto ante Dios. Él, santo y perfecto, quiso ofrecerse en Sacrificio vivo y santo para el perdón de nuestros pecados, puesto que, simplemente por fe, por creer en Él y en su Evangelio, somos salvos, recibiendo la promesa: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.” (Gálatas 3.13-14).

Llega entonces la hora de hacernos la pregunta que me plantearon y que expuse al principio del artículo: ¿debemos cumplir la Ley, si Cristo la ha cumplido por nosotros?. La respuesta es clara: “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.” (Romanos 3.31)

Acabamos de leer que la Ley es maldición. Por tanto, cuando Dios nos dio Sus Mandamientos lo hizo sabiendo que no los íbamos a cumplir, y que, por consiguiente, nos caería todo el peso de la Ley. La Ley levítica es, en este sentido, maldición. Ya dijo Cristo a los fariseos que eran unos hipócritas porque imponían a los hombres cargas imposibles de llevar (Mateo 23). Sin embargo, lo curioso es que esta Ley nos la dio Dios. ¿Por qué lo hizo?. Precisamente porque si no nos estrellamos contra el muro de la Ley, nunca nos daremos cuenta de que no somos buenos y necesitamos a Dios.

Por tanto, el conocimiento de la Ley no es inútil, la Ley es buena y perfecta; los imperfectos somos nosotros. Así, nos dice Pablo: “Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3.23-26).

Ahora, por el Sacrificio de Cristo, somos libres del cumplimiento de la Ley, en su sentido físico (la circuncisión, prohibición de alimentos impuros…), simplemente por darnos cuenta que es imposible que la podamos cumplir y que es UNO el que la cumple por nosotros: “Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.” (Romanos 7.6).

La Ley física ata al hombre y puesto que la carne es contraria al Espíritu, asimismo, el cumplimiento físico de la letra de la Ley es contrario al cumplimiento espiritual de la misma: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído. Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia; porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gálatas 5.1-6). En el Concilio de Jerusalén, tratado en Hechos cap. 15, el Espíritu Santo ya hizo sentir a los Apóstoles y a todo el pueblo de Dios, que ni los gentiles tenían que circuncidarse y cumplir la letra de la Ley, ni los judíos, habiendo sido liberados por Cristo, tenían que seguir cumpliéndola: “¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?” (Hechos 15.10).

Los que hemos sido desatados por Cristo, liberados de la pesada carga de la letra, no podemos volvernos a enredar en sus ligaduras de muerte. “Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar. Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre. ” (Gálatas 4.21-26).

Somos ahora partícipes de la Gloria de Cristo, perfectos como Él, pues hemos renacido en un hombre nuevo (espiritual), libre de pecado y mancha: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” (Romanos 8.1-4).

Es ahora cuando verdaderamente cumplimos la Ley, en un sentido espiritual, pues vivimos bajo un orden distinto, contrario a la carne, al mundo, al pecado, ya que tenemos una vida distinta, espiritual, libre de pecado y, por consiguiente, libre del cumplimiento de la letra de la Ley: “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.” (Gálatas 5.18)

Todo ello es por fe: “Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3.11). Tenemos vida gracias a Cristo pues: “él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2.1-3).

Pero debemos recordar que, aunque muertos al pecado gracias al Sacrificio de Cristo, tenemos una naturaleza carnal, que es tentada por el propio Satanás, y aunque sabemos que debemos hacer lo bueno ante Dios, el cuerpo escucha la tentación del mundo e intenta influenciar nuestro actuar: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena.” (Romanos 7.14-16). Recuerda que tenemos un gran aliado, el Espíritu, que habita en nosotros, en nuestra alma: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.” (Romanos 8.26-27).

¿Cómo podemos cumplir la Ley en su sentido espiritual y pleno?. Es evidente que si físicamente la Ley es maldición, espiritualmente es bendición. Nosotros la tenemos grabada en nuestros corazones, ya que Cristo nos da un Nuevo Mandamiento, el cual es resumen de toda la Ley: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Gálatas 5.14). Este mandamiento es un mandamiento de Amor, de amor al mismo Dios y a sus amigos, que son los que cumplen la Ley, es decir, su Evangelio. A éstos los podemos considerar como nuestro prójimo, amándolos como a nosotros mismos: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” (Romanos 13.10).

De nuevo Cristo nos guía a su mensaje, a su Amor, el que le llevó a entregar Su Vida por nosotros, dando sentido a nuestra existencia, naciendo de nuevo, no de carne, sino de espíritu, en un hombre de acuerdo al Evangelio, cumpliendo de una forma espiritual la Ley y, por consiguiente, el Nuevo Mandamiento, ejerciendo Su Sacerdocio santo, ofreciendo sacrificios agradables a Él: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1ª de Pedro 2.5). Todo esto queda recogido en el Nuevo Mandamiento, pues: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15.12-13). ¿Quiénes son sus amigos? “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.” (Juan 15.14), es decir, los que cumplen su Evangelio.

Por esta razón Pablo nos deja el siguiente mensaje: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6.2), es decir, ejercitando su Sacerdocio.

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Francisco Morillo-Velarde
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