Del cielo hasta la tierra – La Web Cristiana de Apologetica

Como fruto y testimonio de la vida en Cristo, tenemos el agrado de presentar los “Salmos del Hno. Claudio”, quien, por una especial gracia de Dios, ha logrado plasmar en verso las expresiones propias de los hermanos que confiesan a Jesús como el Señor, en nuestras asambleas.

Se ha unido al conocimiento de la fe en Cristo, la palabra inspirada del poeta, por medio de la cual podemos asomarnos –como por un amplio ventanal – para contemplar el alma en sus estados más puros y sublimes, así como también descubrir esos valles de muerte donde experimenta conflictos, angustias y tristezas. Y como en los salmos de David, en el pasado, se revelan momentos de gloria y fracaso, de igual forma en estos salmos de hoy podemos contemplar la lucha contra toda la adversidad que se opone a la fe de los creyentes, pero seguros y convencidos en la victoria final de la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Sea, por tanto, esta obra un bálsamo espiritual para nuestros hermanos: que se fortalezcan sus propias convicciones; profundicen su fe en el corazón, y los conduzca a una vida íntima con Cristo. ¡Que así sea!

Hno. Roberto Sáez F.
Primavera de 1995.

I

TODO LO QUE DE TI PROCEDE

Si todo aquello que de Ti procede
es santo, es puro, es bueno, es agradable;
si toda tu naturaleza es Gracia,
y todo Tú eres digno de alabanza:
¡entonces de tu nombre soy creyente!

¡Jesús!: la inamovible roca viva;
el agua que destila a borbotones;
el prístino raudal de Dios el Padre;
la boca tierna que nos habla fuerte;
la dulce fuerza de la fe gozosa;
el gozo de la vida en abundancia.

¡Jesús!: resurrección prevista eterna;
no pudo el hábil Tentador, furioso,
torcer la voluntad de tu designio,
ni el peso del pecado de los hombres,
en el sepulcro, retener tu cuerpo.

¡Jesús!: de Dios el Cristo revelado,
tu fe trasciende poderosa al mundo
y emerges, mi Señor, resucitado,
bendito precursor de vencedores;
precioso Salvador glorificado.

¡Si toda tu naturaleza es Gracia,
entonces, de tu Nombre, soy creyente!

II

¡PALABRA, VERBO, PRINCIPADO!

“ … y el Verbo era Dios” (Juan 1:1)

¡Palabra! ¡Verbo! ¡Principado! ¡Reino!
Trigal arcano. Albura aglomerada;
untado Pan, Hijo de Dios deseado,
delante de tu mesa me he sentado,
temblando con el alma, al acercarme;
a compartir tu vida y tu sustancia,
en medio de tu Casa reunida.
¡Teniéndote, Jesús, lo tengo todo!

Creyente soy, para saber ahora,
que en Ti fui contemplado por el Padre,
que me sacó de ruinas doctrinales
y nada mío abrigo en este instante.
Hoy vivo en la Verdad desintegrado,
sellado en el poder de tu amasijo,
en la frecuencia de tu Casa abierta
fundido entre los santos escogidos.
¡Teniéndote, Jesús, lo tengo todo!

¡Varón perfecto! ¡Verbo-Jesucristo!
¡Hijo de Dios, en tierra y carne visto!
¡Aurora cósmica del tiempo eterno,
resucitada almendra de la gloria!
¡Señor Jesús, de Dios eres el Cristo!

III

EL SONIDO DE TU GRACIA

“Y yo le vi, y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios”
(Juan 1:34)

Te vi, Jesús, Te vi completamente.
Declaro que el sonido de tu gracia
es tu precioso Nombre confesado.

Declaro a las furiosas potestades,
–del aire, de la muerte y del infierno–,
que ángeles saludan tu victoria;
que toda enemistad quedó resuelta
en la locura de la cruz sangrienta.

Descansa ya mi machacada carne
de las jornadas meritorias tristes;
¡qué alivio fue encontrarme con tu gracia,
y qué bendita paz consuela al alma
al despertar cada mañana limpio!

No busco en las razones cerebrales
ni cómo ni por qué nací de nuevo;
confieso que el Señor es verdadero,
su brazo me sacó del cautiverio;
me hizo un vencedor por su victoria.

De gracia la ciudad está rodeada,
no hay muros ni fronteras en su Reino.
¡Jesús es el Señor del ancho predio!
¡Jesús es el Señor del Universo!

IV

GLORIOSA REALIDAD

“Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo,
se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” (Heb.1:3)

¡Gloriosa realidad de los creyentes:
vivir en Cristo que ha vencido
al ángel principal, al dios de muerte,
al de la garra hostil y envenenada!

¡Gloriosa realidad vivir en Cristo!
¡Vocead su nombre en toda la galaxia:
tremendo, poderoso, incomparable!
Bendito nombre fiel; muralla alzada;
feliz abrevadero del sediento.

Oh, tiempo de tumultos y cohetes,
de muerte y pestilencia en el espacio,
la noche está avanzada en el planeta;
vestigios de dolor y decadencia
abruman a la raza irreverente!

¡Jesús: consolación y aliento nuestro,
gran vencedor de la mortal mentira;
del miedo silencioso que destruye;
de la injusticia y del temor que aplastan!

¡Jesús: epígono glorificado;
morada de gorriones; Dios ungido;
tremenda realidad de los creyentes,
exaltación profunda, en las Alturas!

V

HUMANAS TRADICIONES

(“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas,
según las tradiciones de los hombres conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo”, Colosenses 2:8)

Humanas tradiciones se escribieron
de Cristo, mi Señor, resucitado;
que en normas y preceptos apuntaron
“doctores” que en su gracia no confiaron,
y en pobre condición, Jesús, quedaron
las almas, que en tu nombre sometieron,
al frío dogma de doctrinas muertas.

¡Qué triste es caminar, por este mundo,
creyendo a Dios tan lejos y enojado!
Así, la “teología” se ha atrevido,
con su sistema seco y complicado,
quitarnos la semilla de la gracia
regada por la sangre del Cordero.

¡Qué herencia, mi Señor, y qué trastornos;
y en tantas bibliotecas comentarios
hablándonos de un Cristo del pasado;
de un Padre que, iracundo, castigaba;
de un Cristo desgarrado en el madero!

Añejas tradiciones se han contado
de un Cristo moribundo, avergonzado,
inerme al vocerío de la turba.
¡Más tú, Jesús, el vencedor del mundo,
del diablo, del dragón, mortal serpiente,
por sobre ruinas de un pasado muerto,
hoy reinas por los siglos, ¡Aleluya!
¡Humanas tradiciones no pudieron
quitar la gloria de Jesús que vive!

VI

ESPIRITU DE DIOS

(“El glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros”, 1ª Pedro 4:14)

¡Espíritu de Dios: gobierno santo,
dominio de mi entraña y de mi mente;
aliento de mi alma y de mis huesos;
idioma; canto; lengua de mi lengua!

¡Espíritu de gozo y alabanza;
vivencia y realidad del pueblo santo,
glorioso amanecer entre los hombres,
lumbrera ardiente en todos los creyentes!

¡Espíritu de Dios que ha descendido:
el corazón se agrieta y se descubre;
el fuego como lengua, ha trascendido!
¡Un júbilo exultante, desde lejos,
anuncia el regocijo de los santos
que beben los raudales celestiales!

¡Espíritu de Dios, poder profundo;
presencia cautivante; seductora;
torrente emocional; razón del Padre;
aceite nuevo; Galaad divino;
instancia sanadora de la Iglesia!

¡Espíritu de Dios: gobierno santo,
el río de tu gloria está pasando;
raudales celestiales van corriendo
¡Torrente emocional; razón del Padre,
¡El río de tu Gloria está fluyendo!

VII

UMBRAL DE GLORIA

(“Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso,
y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto”, Isaías 51:3)

Un río de contento está fluyendo
en medio de la Iglesia reunida;
es el Espíritu de Cristo ardiendo;
es gozo celestial que ha descendido.

Un río de esperanza está corriendo
del corazón de Dios a los creyentes;
el río de su gracia nos inunda,
sus faldas llenan el bendito ambiente;
el óleo de su gozo nos circunda.

¡La Iglesia reunida está de fiesta:
es el Espíritu de Cristo ardiendo;
es gozo celestial que transfigura
el ser, el corazón, la vida, el alma,
del pueblo de Israel que lo celebra!

¡Señor Jesús, Espíritu de gloria,
un río de alabanza está creciendo:
por todo el mundo corre hasta el extremo;
los ángeles saludan la asamblea;
es grande, es digno, es santo el alborozo,
no hay un lugar en todo el Universo
que sea tan real y pleno el gozo!

¡Un río de alabanza está creciendo
en medio de la iglesia reunida!

VIII

FE MOLECULAR

(“Mas el justo por la fe vivirá”, Romanos 1:17)

¿De qué cantera, mi Señor, formaste
la estructura de la Fe en el tiempo?
¿La reflexión correcta de qué sirve
si Tú existieras sólo en nuestra mente?

¿Y quién podrá calificar tu gloria
con la verbosa voz de las palabras?
¿Y quién te enseñará en tus quehaceres,
si a tu soberanía nada excede?

¡Oh Absoluto, Invisible Padre,
tu firme, fiel misericordia aumenta
en mi debilidad y en mi abandono;
y salgo de Caldea, con asombro,
mirando el horizonte, no pensando
en la premura de una despedida!

Cortado desde el socavón del mundo:
me desarraigas y retuerces todo,
rehilando mis senderos por delante,
poniéndome en la casa de tu Hijo;
plantándome de gracia en tierra nueva.

¿De qué debilidades te acordaste?
La Fe molecular es tu simiente.

IX

TU VIDA POR LA MIA

(“Llevad mi yugo sobre vosotros, porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”, Mateo 11:29,30)

Deploro la inconstancia de mi vida:
Jesús, la cambio, en cambio, por la tuya;
le quito el musgo y la viruta al puente
y dejo que Tú pases libremente
al fondo de mi cuerda, donde el agua,
a tu contacto, el tacto me aligera
y la Palabra no resbala y queda.

Presumo que si Tú me lo propones
me dejo uncir el yugo de tu vida;
no quiero la soltura que me agobia,
prefiero que te quedes con la mía
a cambio de la tuya que me agrada.

Deploro la inconstancia de mi vida,
que disfrazada de cordura propia
oculta su miseria y su impaciencia.

¡Jesús, acepto tu trayecto, tus coyundas;
tu arco de violín; tu pulso fino;
el blando nudo que me ciñe firme,
un trino claro, apenas un silbido
que llena mi terreno en la garganta!

¡Jesús, acepto el canje que me ofreces:
Acepto tu trayecto y tus coyundas!

X

MUERTE VENCIDA, CRISTO VENCEDOR

(“Por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”.
“Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”, 1ª Corintios 15:21,55,57)

¡Oh Muerte!, torcedora garra impía,
Jesús deshizo tu mortal discurso;
abrió tu piedra estructurada yerta;
rompió tus cavidades, lengua y boca;
secó tus fauces de homicida absurdo.

¡Oh Muerte! ¿Viste al Cristo levantado
que irrumpe vivo de tu esquema inerte?
En otro tiempo yo temí tu zarpa,
tus huellas, tus vendajes, tu soborno;
mas hoy, Jesús, Señor Resucitado,
es mi victoria, mi armadura, el reino,
mi gloria y mi sustento cotidiano.

¡Oh Muerte!, tus murallas han caído;
también cayeron miedos y agonías;
no tienes vida, flores ni esperanza,
tu reino de cavernas tiembla;
tu imperio y tu aguijón están en ruinas.

¡Oh Muerte!, ¡¿Viste al Cristo levantado
a cuya voz el viento cesa y calla?!
Tus lienzos, tu cilicio, ya no sirven.
¡Oh Muerte, escucha, Cristo te ha vencido,
el miedo de tu imperio ha terminado,
y tu aguijón se bate en retirada!
¡Es Cristo el vencedor glorificado!

XI

REFLEXIONES DE MOISÉS

(“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá, Salmo 27:10)

Jesús, excelso Ungido, a ti pregunto:
pregunto por aquellos que quedaron
girando en la penumbra del desierto,
mirando pensativos el pasado,
al río de su tiempo esclavizados.

Pregunto por aquellos que salieron,
pegada al paladar la linfa agria;
la carne agonizante; acurrucada,
deshidratados bajo el sol egipcio.

Pregunto por aquellos que salieron
huyendo de pirámides sombrías;
del pantanoso Nilo rescatados,
de leyes y doctrinas religiosas.

Jesús, excelso Ungido, a ti pregunto:
¿¡terminaré por masticar mi lengua!?
¿¡haré frituras de mis hemisferios!?

Pregunto, — ¡te pregunto! — por aquellos,
que a contemplarte Hijo de Dios, salieron,
a la excelencia y gloria de tu casa;
a tiernos pastos y aguas de reposo.

Parado sobre el Nebo te contemplo,
Señor, en los celajes de tu Gloria,
¿No soy el trovador de tu Palabra?

Pregunto, –¡te pregunto!– por aquellos
que a contemplarte, Hijo de Dios, un día
salieron tras las huellas del Camino.
¿Terminaré sin ninguna compañía?

¡De todas las vertientes se ha formado
el río de tu Casa tan amada!
¡Señor Jesús, abrázanos contigo!

XII

LA IGLESIA: ESPACIO DE DIOS

“Hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias …” (2ª Corintios 8:1)

Precioso, grato ambiente de la iglesia:
alero, cobertura y diafanía
de Cristo, cuerpo vivo, rebosante,
la causa que produce nuestro canto
y transfigura el ser de los creyentes.

En todos los espacios se proclama
que para siempre es su misericordia.
¡Oh, cálido y sencillo amado nuestro!
el nombre de tu Nombre ya nos guarda.
¡Qué bueno eres, Señor glorificado!

Jesús, piadoso amparo de los hombres,
¡Qué fuerza y qué poder hay en tu Nombre!
¡Qué gozo, qué exultante regocijo!
¡Precioso, grato ambiente de la Iglesia!
El ámbito está lleno de fulgores;
la Casa se recrea jubilosa.

¡Bendita comunión de los creyentes,
en torno de Jesús nos encontramos!
¡Precioso, grato encuentro, abrazo santo!
Por toda la ciudad Jesús nos guarda.
¡Bendita cobertura de la Iglesia!

XIII

PESO DE GLORIA

“Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.”
(2 Corintios 4:17)

Jesús, conforme al peso de tu gloria,
por la fidelidad de tu palabra,
yo quiero andar contigo en este tiempo;
movido por el gozo de tu gracia,
y someter mi voluntad completa
a la experiencia de tu don perfecto.

Jesús, conforme al peso de tu gloria,
y en armonía con la luz que viene
del trono donde moras con el Padre,
yo quiero andar contigo en sintonía
y sostener el testimonio firme,
–espíritu, alma y cuerpo en sacrificio–
conforme al peso de tu gloria, Cristo.

Yo quiero transitar por tu camino,
salir por los senderos de la tierra
a celebrar tu Reino y tu reinado.

Jesús, a ti reúno mis deseos:
rehúso el vano aplauso de los hombres,
carismas y recursos de mi carne,
la suma de argumentos naturales,

¡Me basta, Cristo, el peso de tu gloria!

XIV

PARA SER TENTADO

“Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.
Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:2,3)

Por el Espíritu llevado afuera,
en el desierto, para ser tentado,
en tierra yerma por cuarenta días,
Jesús ayuna a solas con las fieras;
no tiene servidor ni compañía,
ni armas, ni recursos de este mundo.

¡Jesús, el hombre, espera a su adversario!

Sin rito, ceremonia ni saludo,
el diablo avanza contra la criatura.
Jesús responde sin perder la calma;
el hambre de su carne no le duele,
ni el peso de la soledad le agobia,
en ese instante es sólo Hijo del Hombre,
es vida confrontada con la muerte;
es luz ante tinieblas pestilentes.

Jesús vindica la Escritura antigua
que ha sido pronunciada astutamente
y rebajada por el dios del siglo;
desmiente la dialéctica del diablo
y objeta el pan leudado y corrompido
del Tentador que enmudeció sombrío.

¡Jesús, Hijo del Hombre, has vencido!
La escena electrizante se termina,
Jesús, Hijo del Hombre, es atendido
por ángeles que vienen a servirle.
¡El diablo se retira derrotado!

XV

RAUDAL DE GRACIA

“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.”
“Han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.” (Ap. 1:5; 7:14)

¡Resisto toda tentación maligna
que esgrime el Enemigo poderoso!
¡Jesús, me cubro en tu preciosa sangre!
¡Aliénteme el raudal de toda gracia!

Yo sé de la potente cobertura
que tengo por la sangre del Cordero.
Resisto todo ataque del maligno
me amparo en mi Señor Jesús bendito,
me acojo a su virtud y a su justicia.

¡Resisto con la sangre poderosa
temores, iras, miedos y aguijones
que de Jesús el testimonio enturbian!

Me acojo en esa sangre al Nuevo Pacto,
al dulce aliento y al feliz reposo,
al fuerte gozo que inundó mi alma,
a Cristo, que en su fuente cristalina
me sumergió y lavó completamente.

¡Resisto toda tentación impura!
¡Jesús me acojo a tu preciosa sangre!
¡Egregia sangre, eterna redentora;
sagrado manantial; Virtud fluida!
¡Jesús, me inunda tu raudal precioso!
¡Me cubro con la sangre del Cordero!

XVI

ES TIEMPO YA

“Hay tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar.” (Eclesiastés 3:17)

Es tiempo de decirlo casi a gritos;
es tiempo de vocearlo en todas partes:
que Cristo el Verbo y la Palabra eran
la misma esencia con el Logos-Padre;
que en Él la vida y la verdad son una
y que en la eternidad Jesús ya estaba
de antes de la fundación del mundo,
en el principio de la aurora inmensa,
en la remota edad del tiempo-tiempo,
y el átomo dormido no existía
y la palabra era un pensamiento.

¡Es tiempo de anunciar la vida en Cristo!,
decir que nos amó desde el principio,
que por su Espíritu nos fue aclarado
que en su linaje fuimos escogidos.

Es tiempo de decirlo casi a gritos:
que Dios en el Amado Hijo quiso
sacar del cautiverio a su rebaño,
–a todos los creyentes en el Logos–,
romper los fríos muros religiosos
y hacernos compartir su misma gloria.

¡Es tiempo de anunciar la vida en Cristo,
es tiempo de decirlo casi a gritos!

XVII

ESTAR CONFORME, ESTAR EN PAZ

“He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación.
Mi Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas … en Cristo Jesús”, (Filipenses 4:11, 19)

Estoy conforme. Estoy en paz con todo.
Vindico a Cristo en mis debilidades,
consciente que no puedo estar contento
con los recursos propios de mi mente.
Vindico a mi Señor, mi fortaleza,
declaro que Jesús es mi sustento.

Parado en medio de su dulce Casa
me sumo definido al cuerpo santo
con toda gracia y provisión del cielo,
suplido poderosamente en todo,
en la esperanza del Resucitado,
–mi excelso Dios manifestado en carne–.

Estoy conforme. Estoy en paz con todo.
¡Conforme! ¡Consolado! ¡Restaurado!;
en medio de la iglesia cimentado,
sin mi opinada ciencia humanizada
y desconfiando en la justicia propia.

Estoy conforme. Estoy en paz con todo.
Y aún en tensas horas de conflicto,
o en días de amargura y recio viento,
sujeto mi ancla en la fe de Cristo.

¡Estoy conforme! ¡Estoy en paz con todo!
¡Es Cristo mi riqueza y mi alimento!

XVIII

¿QUÉ LLEVARÉ A LA CRUZ?

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden;
pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1 Corintios 1:18).

¿Qué cosas llevaré a la cruz de Cristo?:
¿Los ojos que resisten la pureza?
¿La tibia oposición ante el pecado?
¿La última soberbia de mi carne?
¿Mi lengua ingobernable y palabrera?
¿El peso de los bienes que me sobran,
o aquellos, –codiciados–, que me faltan?

¿Qué cosas llevaré a la cruz de Cristo?
¿El goce de un rebelde vicio absurdo?
¿La vestimenta de la moda fatua?
¿La voz pagana de ese canto sucio?
¿Será el aburrimiento suicida?
¿Será el escándalo de aquél fracaso?
¿Será mi boca; mi cerebro; el sexo?
¿Qué cosa llevaré a la cruz de Cristo?:

Decido ir yo mismo con mi vida;
Con todo el vértigo de mi vergüenza,
Con mi renuncia sin vacilaciones
Para morir con Cristo en el Calvario.
¡Escojo al Vencedor resucitado!
¡Te escojo a Ti, Jesús, mi eterno amado!

XXI

DEL ESPÍRITU DE CRISTO

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo,
el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gál.4:6)

(1)

No quiero aquella débil fe bohemia
que va llorando en el trasnoche tibio,
que sin sustancia permanece quieta
y sin la vida de Jesús se muere.

¡Me gusta del Espíritu de Cristo!:
que alienta con la gracia de su fuerza,
que no razona la palabra dicha,
ni pierde la razón ante la gloria.

¡Me gusta del Espíritu de Cristo!:
su vida, su palabra, su lenguaje
–lenguaje que es extraño al súper-hombre
y al vano sentimiento de la carne–.

¡Me gusta del Espíritu de Cristo!:
que desenreda la sutil maraña;
deshace vanidades ilusorias
y saca toda angustia de mi alma.

¡Me gusta del Espíritu de Cristo!
Depóngase la fe fingida, actuada,
la fe decorativa y calculada;
es tiempo que el Espíritu bautice
la lengua; el corazón; el pensamiento…

(2)

Rehúso a los afanes de la vida,
a todo el trabajoso afán del mundo.
¡Me gusta del Espíritu de Cristo!
Me acuerdo del sustento recibido
De Dios en Cristo, por la fe, por gracia.

¡Qué gozo tan excelso me produce
saber que de las redes temporales
Jesús me liberó por su victoria!

Salí de mil fatigas y tormentos,
De escorias y liturgias dominantes;
Del frívolo manejo de la mente;
De todo necio afán inconsecuente,
Del peso y la cadena de la muerte.

¡Me gusta del Espíritu de Cristo!
Me gusta depender de su socorro;
Estar comprometido con su reino
Echando mano de la vida eterna.

En este tiempo y contra la corriente,
Yo comprometo espíritu, alma y cuerpo,
Por cuya causa, mi Señor, proclamo:
¡Me gusta del Espíritu de Cristo!

XXIII

HERIDAS DE JESÚS

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados;
el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”, Is.53:5)

Por las heridas de Jesús el Cristo,
Yo fui sanado y rescatado y perdonado.
Sufriendo los dolores de la muerte
Me quiso levantar de agonía,
¡benditas las heridas de mi Cristo!

¡Oh santas llagas, todas exhibidas,
por culpa del pecado de los hombres!

Yo miro esas heridas dolorosas
Y siento que un caudal inagotable
Me cura, limpia y me consuela el alma.

¡Oh santas llagas de Jesús el Cristo!
¡Oh cuánta dolorosa, inmunda carga
llevaste, mi Señor, por mi caída!

Mas tú, que descendiste a los más bajo,
Del hondo abismo levantaste el vuelo
Viniendo a ser Señor del reino eterno.

¡Oh, llaga lacerante que me salva!
¡Oh, llaga untada por mis amarguras!
¡Por sus heridas, mi Señor obtuve,
aliento y sanidad para mi alma!
¡Bendita curación de gracia en Cristo!

XXIV

SALVADOR DEL ALMA

“Porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres,
sino para salvarlas.” (Lucas 9:56)

Que todo fuego seductor se apague;
Extíngase del aire pestilente
La magia del video enajenante,
Que venga el Salvador de nuestras almas
A rescatar de la infernal mentira,
A todo esclavo del Goliat gigante.

¡Oh tú, Jesús, refugio de mi alma,
escondedero contra el siglo malo,
levántame en tus alas poderosas
del lodo cenagoso y la locura,
que saca de la mente el buen sentido
y tuerce el corazón de su camino!

¡Oh tú, Jesús, refugio de mi alma:
retórname del triste desvarío,
del pobre estado espiritual de muerte!
Ataja, con tu brazo, al vil demonio,
Que suelto por las calles corre presto
Con jabalina y lanza que tortura.

¡Levántame, Jesús, con tu armadura,
refugio y fortaleza de mi alma,
levántame a la altura de tu gloria!

XXV

LA CIUDAD DE DIOS

“… La ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo” (Apoc.3:12).

Hay un lugar, una ciudad bendita:
Jerusalén la celestial, la eterna,
Que desde el trono santo ha descendido
Con Cristo que ha venido por los suyos.

Desciende de la corte de los cielos
Con un millar de huestes deslumbrantes,
Jesús y la ciudad de muros fuertes,
llevándose escogidos habitantes
lavados por la sangre del Cordero.

¡Oh sinfonía excelsa, indescriptible,
desciende la Ciudad del Dios viviente!
Entonces las coronas de los hombres,
Sus credos, sus soberbias, sus orgullos,
Sus altos edificios terrenales,
Y todo el oropel del mundo cae,
Arrodillado al majestuoso evento.

Repasan por las ondas de los cielos
Estrellas y planetas saludando
Al único Señor del Universo:
A Cristo que desciende con sus santos.
¡Desciende la Ciudad del Dios viviente!

XXVI

DE LINO FINO

“Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto.” (Sal.38:9)
“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a las piedras preciosas.”
“Engañosa es la gracia y vana la hermosura: la que teme a Jehová, ésa será alabada.” (Prov.31:10,30)

(1)

Mujer virtuosa, hallada por la gracia;
Mujer-hermana en Cristo, hermana mía,
Vestida con las galas celestiales
Te acercas a la casa del Amado.
De lejos te has venido caminando;
Trayendo aceite puro de olivares,
Para encender fulgores en tu alma.

El Padre te ha elegido entre millares,
Ciñéndote de fuerza y lino fino,
De toda voluntad sobre tus lomos,
De púrpura y de honores te ha vestido.

Virtuosa hermana en Cristo, hija del Padre,
Tus manos se aplicaron al trabajo:
A retorcer la rueca y los telares;
Al fruto del viñedo y la hortaliza.

Oh tú, que sobrepasas en pureza,
En oración y santidad profunda,
Contémplate tú misma hermosa en Cristo
Por la palabra sabia de Su boca.
¡Mujer-hermana en Cristo, te distingo
virtuosa entre millares de mujeres!

(2)

Temiendo a tu Señor en cada instante,
Con voluntad perfecta te levantas
Y esperas en la unción del cielo, atenta,
Que en tu socorro poderoso venga.

¡Mujer-hermana en Cristo, hija del Padre,
qué vana te parece la hermosura
que exhibe en su lenguaje el cuerpo humano,
pues tienes por mayor peso de gloria
la vida de Jesús tu bienamado!,
de aquel que corrobora tus quehaceres
con tanta gracia y sencillez del cielo.

¡Virtuosa hermana, hermana mía en Cristo,
aliento con el verso y la palabra
tu tiempo santo consagrado al reino;
que siendo hoy princesa o reina, sepas
que el Padre entre millares te ha escogido
hilando en lino fino tu atavío!

Mujer virtuosa, hallada por la gracia;
Mujer hermana en Cristo, hermana mía,
Vestida con las galas celestiales,
¡hoy moras en la casa de tu Amado!

XXIX

¡ATRÁEME, JESÚS, LIRIO DE LOS VALLES!

(“Porque mejores son tus amores que el vino. A más del olor de tus suaves ungüentos,
Tu nombre es como ungüento derramado.
Por eso las doncellas te aman. Atráeme; en pos de ti correremos.” Cantares 1:2-4)

(1)

¡Atráeme, Jesús, con cuerdas tuyas!
¡Atráeme, Jesús, con brazo santo!
¡Atráeme, Jesús, con tus aromas!
¡Atráeme, Jesús, con tus ungüentos!
¡Atráeme, Jesús, con tu silencio!
¡Atráeme, Jesús, con tu dulzura!
¡Atráeme, Jesús, con tu mirada!
¡Atráeme, Jesús, con tus favores!
¡Atráeme, Jesús, con tu palabra!

¡Oh Lirio de los valles, Lirio-lirio!
Atráeme del fondo de la noche;
del agujero de la peña toma
mi corazón desabrigado y frágil.

¡Atráeme, Jesús, por sobre el mundo!
¡Atráeme, Jesús, del charco negro!
¡Atráeme, Jesús, para tu gloria!

¡Oh Lirio de los valles, Lirio-lirio!
¡Atráeme, Jesús, hasta tus huellas!
Atráeme a tus pastos delicados
Y al dulce abrevadero de tu gozo;
Atráeme al plantío de tu gracia.

(2)

Atráeme hasta el fondo de tu pecho,
¡Atráeme, Jesús, amado Lirio!

¡Oh Lirio de los valles, Lirio-lirio!
Atráeme a la cumbre de tu solio;
¡Atráeme, Jesús, hasta tu gloria!
¡Atráeme, Jesús, con cuerdas tuyas!
¡Atráeme del cautiverio humano!
¡Atráeme, Jesús, al cielo-cielo!
¡Atráeme, Jesús, mi suave Lirio!

Atráeme a tu espléndido terreno,
Atráeme al rebaño consagrado;
¡Atráeme, Jesús, para que corra!

Que corra hasta el lugar donde apacientas
¡Atráeme a la fuente de tus aguas!
¡Atráeme, Jesús, a tus arroyos!
Atráeme al sesteo de tus santos.
Atráeme por tus misericordias;
¡Jesús, mi dulce Lirio, mi bandera!
¡Atráeme, Jesús, que quiero verte!
¡Atráeme, mansísimo Cordero !
¡Atráeme, Pastor de las ovejas,
Obispo protector del alma mía!

Atráeme de la mediocre marcha
Para correr en pos de Ti, mi Amado.
¡Oh Lirio de los valles, Lirio-lirio!

(3)

Te mostraré mi rostro fatigado;
Te mostraré mis manos abatidas;
Te mostraré mis lomos sacudidos.

¡Atráeme, Jesús, bajo tu sombra!
¡Atráeme, Jesús, manzano dulce!

Es tiempo en que la tórtola pregona
Que el frío invierno se ha cambiado en flores;
Que es tiempo que se canten mil canciones,

¡Atráeme, Jesús, para escucharte!
¡Atráeme, Jesús, para mirarte!
¡Atráeme, Jesús, para adorarte!
¡Atráeme, Jesús, con tu fragancia!
¡Atráeme, Jesús, con tu hermosura!
¡Atráeme, Jesús, con tus delicias!
¡Atráeme, Jesús, con cuerdas firmes!
¡Atráeme, Jesús, celeste Ungido!
¡Precioso Lirio, Dios manifestado!
¡Atráeme en los montes y en los valles!
¡Atráeme, Jesús, decide tú el momento!
Que yo te espero y corro hacia tu encuentro,

¡Oh Lirio de los valles, Lirio-lirio!
¡Oh llévame por tus alcores suaves!
¡Atráeme a los valles de tu gozo!
¡Jesús, Jesús, destilador de mirra!
¡Oh Cedro majestuoso! ¡Lirio-lirio!

XXXIV

ENDECHA DE UN EXILIADO

Testimonio de 60 días pasados en el desierto espiritual, lejos de la comunión y la cobertura de la casa de Dios.
(Marzo – abril de 1991).

“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.
Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam.3:22,23)

(1)

¡Extraños habitantes penetraron
en la ciudad menuda de mi mente;
y un día desperté desfigurado,
cautivo de millares de sonidos.

Bajé con las tinieblas de la noche,
Crucé sus laberintos espantado,
Y vi cómo la muerte me atrapaba.

Sesenta días de sesenta siglos,
Sedienta y floja el alma perecía.
Filosas garras me atraparon fuerte:
Un cielo negro me tendió su escarcha
Y me envolvió la soledad más grande;
Sesenta días de sesenta siglos,
En medio de un desierto indescriptible.

Repudio aquellos siglos de vacío;
aquellas horas de infeliz soberbia.
–”Señor Jesús, estoy en un presidio,
quemándome los pies en el exilio”–,
grité de horror. Clamé pidiendo auxilio.
¡Extraños visitantes intentaron
borrarme de la casa del Amado!

(2)

¡Abrázame, Jesús, amparo mío;
refugio de mi desnudez sufrida;
desde tu escondedero me doy cuenta,
que mi alma es miserable y desvalida!

¡Levántame, Jesús, de mi bajeza,
quisiera ser tan sólo un jornalero
sentado con los santos a tu Mesa!

¡Atráeme, Jesús, ya estoy volviendo,
con mil magulladuras en mi carne;
quemado vengo huyendo de mi exilio;
buscando aquellos días tan sencillos;
¡Abrázame, Jesús, a ti retorno!

¡No puedo, oh no puedo, ya no puedo,
seguir con esta masa desgarrada,
de andar aglomerando en mi cabeza
el lodo de un camino fracasado!

¡Atráeme, Jesús, te quiero tanto!
Resueltamente a tu verdad me entrego,
¡Abrázame, Jesús, a ti retorno!
¡Del frío he vuelto, al gozo de los santos!

(3)

No puedo ya vivir en las estepas;
No puedo con el lobo de mi alma;
No puedo con las garras asesinas;
No puedo con la sordidez maligna;
No puedo con la injuria vomitada;
No puedo con el áspid venenoso.

¡No puedo un día más en el desierto!
No puedo tolerar mi inútil causa;
No puedo remover las duras piedras;
No puedo con el charco de mi mente;
No puedo con las miasmas de mi carne.

¡Espíritu de Cristo, te suplico:
levántame del limo pantanoso!
¡revierte este momento de amargura;
mi pródigo interior cede terreno!
¡Abrázame, Jesús, a ti retorno!
¡En Cristo, mi Señor, retorno a Casa!

XXXV

JESUS ESTÁ AQUÍ Y TE LLAMA

(Juan 11:28; Cantares 2:8)

Es una sola voz la verdadera;
la voz de Aquel que desde lo alto mira
las multitudes que caminan presas
por laberintos de dolor y olvido.

Es una sola voz la verdadera,
Audible entre el bullicio de la gente,
Y gritos que se pierden en la nada.
Es una sola la Campana santa;

Es uno solo Aquel Silbido dulce;
Es una sola Voz la más querida,
La voz viril que entró por la ventana
–Y atisba el corazón que está dormido–

¡Es una sola voz la verdadera!:
La voz de Jesucristo, transparente,
Que atisba y pasa por las celosías,
Tras la pared del corazón herido;
Que arrulla con su cálida ternura.

¿¡Qué voz! ¡Qué voz! ¡Qué voz como la suya,
Amado seductor del alma enferma!?
“¡Levántate!”, me dices dulcemente;
¡Tu sola voz, Jesús, es verdadera!
¡Señor: oí tu voz y amé tu nombre!

XXXVIII

¡DEL CIELO HASTA LA TIERRA!

(1)

¡Del cielo hasta la tierra que retumbe,
el nombre de Jesús glorificado!

¡Permítenos, Jesús, llevar tu nombre;
pasearlo en alto por los laberintos;
por todas las regiones de la tierra;
vocearlo al mundo con solemne grito
y desplegarlo en todo el Universo!

¡Jesús, bandera y poderoso escudo!
¡Jesús, escondedero contra el mundo!
¡Jesús, bendito mascarón de proa,
en Ti se mueren los embates fieros;
serpientes, escorpiones y demonios,
revientan bajo el peso de tu Nombre!

¡Oh nombre de Jesús, que lo exhibimos
a toda potestad sobre los aires,
porque no hay otro nombre más glorioso,
más alto y majestuoso sobre el cielo,
que el dulce nombre de Jesús, precioso!
La iglesia se levanta a declararlo:
¡Del cielo hasta la tierra que retumbe
el nombre de Jesús glorificado!
¡El nombre de Jesús es el más grande!

(2)

Confiese toda boca y toda lengua:
Confiéselo el gorrión y la ballena;
Confiéselo la abeja laboriosa;
Confiéselo el infante y el anciano;
Confiésenlo los lirios y azucenas;
Confiéselo el estruendo de los mares;
Confiéselo el tumulto de los ríos;
Confiéselo el silencio de la noche;
Confiéselo el hachazo sobre el leño;
Confiéselo la oruga y la langosta;
Confiéselo el león en su guarida;
Confiéselo el martillo sobre el yunque;
Confiéselo la lluvia sobre el árbol;
Confiéselo el motor en las ciudades;
Confiesen, oh confiesen, todos juntos
Que el nombre de Jesús es verdadero;
Que es dulce, puro, excelso, cristalino;
Que es fuerte, es ancho, es tierno, es libre, es santo.

¡La iglesia se declara enamorada
del nombre de Jesús, su bienamado!
Su nombre ha retenido hasta la fecha,
Y en nada de este mundo se entretiene;
A Ti nos reunimos los hermanos,
La Unión que nos amasa es en tu nombre,
Y por tu santo Nombre, somos Uno.

La iglesia se levanta a declararlo:
¡Del cielo hasta la tierra que retumbe,
el nombre de Jesús glorificado!

¡El nombre de Jesús es el más grande!

XLI

¡JESUCRISTO ES EL SEÑOR!

(Canto proclamación)

¡Cuánto gozo tengo en Cristo!
¡Cuánta paz me da su amor!
Permanezco en él confiando:
¡Jesucristo es el Señor!
Cuando arrecian tempestades
Y me veo sucumbir;
Cuando el miedo me atormenta:
¡Jesucristo es el Señor!

Cuando el adversario intenta
A mi alma seducir;
Es Jesús quien me sustenta:
¡Jesucristo es el Señor!
En Jesús mi vida encuentra
El refugio y salvación;
Cuando el alma está sedienta:
¡Jesucristo es el Señor!

Cuando viene el desaliento,
La caída y el dolor;
En Jesús la gracia tengo:
¡Jesucristo es el Señor!
Cuando muerte me rodea
Con tinieblas a montón;
Sólo Cristo me consuela:
¡Jesucristo es el Señor!

¡Oh Jesús, Jesús precioso,
tú disipas mi temor!
Oh, Jesús, en ti me gozo:
¡Jesucristo es el Señor!
Cómo alienta declararlo,
Qué tremendo es este amor;
cuánta gracia es proclamarlo:
¡Jesucristo es el Señor!

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AGUAS VIVAS
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