Considerad los Lirios – La Web Cristiana de Apologetica

Mt 6:28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria (excelencia, dignidad y gracia) se vistió así como uno de ellos.

“No trabajan ni hilan.”

Estaba muy inquieta. Una nueva verdad, una nueva aventura. Estaba contenta de obedecerle. Así que traté muy conscientemente de no hilar ni trabajar. Intentaba descansar con ahínco (¿lo captas?). Intentas desesperadamente estar tranquila y aún sigues desesperada. Es una contradicción entre dos términos.

Así que dijo el Señor, “No te llamé a ser un lirio. Te llamé a ‘considerar el lirio’”.

“Ah”, dije yo, “ahora lo entiendo”.

Por lo tanto saqué mis libros para estudiar el lirio.

Entender el lirio, esa era mi asignatura.

Conquistaré ese lirio. ¡Sí, Señor!

Así que escudriñé, ‘lirio’ en la Palabra.

Le eché un vistazo a los lirios de Tierra Santa, hice una lista de sus atributos.

Estaba progresando.

Tenía que hallar el secreto del LIRIO.

Colocar en la mesa mis descubrimientos y ponerlos en orden.

Ah, podía hacerlo por un estudio diligente.

Pero ahí no había nada.

‘Amontoné mucho pero tenía poco.’

Pero el Señor dijo,

“No te llamé a estudiar el lirio.

Te llamé a que considerases el lirio.”

Mis creencias quedaban al descubierto.

1) La realidad (creía yo) provenía de la ‘mímica’.

La obediencia es: miras a Jesús y haces lo mismo.

Fotocopia. El problema es que no puedes copiar lo que no eres.

Es como vestirse con traje de león y perfeccionar tu rugido.

Puedes parecerte a un león, puede incluso que suenes como un león,

pero TODO EL MUNDO sabe que NO ERES un león y que estás haciendo un ridículo espantoso.

Tu intento se ha convertido en una necia pretensión.

Lo saben.

Si crees que puedes ser un león a base de intentos

te tendrán por un necio digno de lástima.

Creer que puedes ser lo que Dios te exige ser a base de fotocopia es

como poco fantasía, como mucho esquizofrenia.

El segundo credo.

Si lo entiendes, ya lo controlas.

Lo has conseguido. Eso es tan sólo otra forma de fingir.

Puedo explicar el león. Ostenta este o aquel rasgo.

Como puedo explicar el león, soy un león.

Esto es aún más necio que ponerse un disfraz.

El carácter de Dios que mora en lo interior no se gana por un control

sino por una rendición que proviene de tu propia miseria.

No sabía lo que era el lirio.

No sabía nada del lirio.

Y Dios me avergonzaba obligándome a admitirlo.

Así que puse en mi corazón al lirio —con sencillez y quietud— delante de mí

para mirarlo y escucharlo.

Me rendí al lirio.

No iba a controlarlo ni a plagiarlo.

“Cuéntame tus secretos. Yo te espero…”

Dios nunca te da explicaciones.

Te da vida. Y en el remolino de la vida,

fuerza las preguntas que Él desea contestar.

Cuando Él sopla vida en la escritura ésta se convierte en la Palabra

y se convierte en algo vivo. No puedes controlar la Palabra.

La Palabra de Dios tiene que tomar control de ti. Dice,

“La Palabra de Dios probó a José.”

La Palabra de Dios empezó a ‘probarme’ a mí.

Y el lirio entró en mi vida.

No era tanto que memoricé lo que la escritura decía del lirio,

aunque lo hice. Era que la Palabra entró en mi conciencia y

se convirtió en algo que estaba vivo.

El Lirio estaba allí.

De alguna forma, todas las cosas estaban bajo la inspección del Lirio y

se situaban frente al Lirio para ser contrastadas.

Lo que fuera el Lirio, el principio que representaba,

había llegado a mi percepción.

El Lirio estaba allí…

y el Lirio era inmenso y magnífico…

y el Lirio no se doblegaba.

A medida que los meses pasaban era como si la más sencilla,

la más exquisita presencia de belleza y de paz estuviera delante de mí,

siempre ahí, pero siempre muda.

Y siempre fuera de mí.

Una pequeña paz había sido mía, una medida de descanso donde había estado contenta. Ahora el Lirio me mostraba una paz absoluta, el poder de una quietud verdadera. Y pensé que el Lirio me impartiría esta paz, esta gran paz.

Pero en vez de eso, el Lirio me angustió donde había estado contenta.

Se burló de mí con un mundo de tranquilidad en el que no podía entrar, y no me ofrecía una salida, ni pista alguna de cómo entrar. Mi pequeña paz se convirtió en un andrajo, algo miserable.

Ya no era suficiente.

El Lirio me había hecho ver… pero al ver el resto, en vez de mayor quietud, menor descanso disfrutaba.

La presencia del Lirio era un espejo en el que

era expuesta torpe, y mi vida, un caos.

Pero el Lirio no me consoló

y el Lirio no me instruyó.

Mi vida empezó a desgarrarse en un desnudo contraste

ante la quieta calma del Lirio y poco a poco me hice eco

de la preocupación y de la confusión, de la complejidad de mi vida

y mi visión de la vida.

Era feliz antes del lirio.

La vida era dura y eso lo había aceptado.

Estaba en paz antes de que llegara el Lirio.

Ahora, al mirar fijamente el rostro mismo de la Paz, mi falta de paz quedó expuesta.

No a otros. Esto era interior, todo era privado.

No me preocupaba de la marcha de este asunto en los demás.

Yo fui expuesta ante Dios y ante mí misma.

No estaba donde podía estar.

Y no podía ir donde debía ir.

Esta era otra esfera de Dios —una que me era desconocida—

y que ciertamente no había yo tocado.

Y mi vida, con la que había estado bastante contenta, por haber visto mucho de Dios, se hizo algo —no sólo inaceptable— sino insoportable.

Poco a poco me puse al corriente acerca de la identidad del Lirio.

El Lirio representaba la tranquilidad, el descanso.

Descanso en Dios. Eso lo sabía.

Pero estaba fuera de mí y aunque podía empezar a intuirlo

no podía hacer que entrara en mis entrañas.

Esperaba que esa gran paz me fuera impartida.

No lo fue. Como segunda esperanza había asumido que me sería dado

el secreto para obtener esa paz. No me fue dado.

Empecé a mirar mal al lirio.

“Simple”, clamaba, “¡tiene que ser algo simple!”

De alguna manera tenía que poseer la paz del Lirio.

Permanecía ante mí, pero no se iba a rendir a mí.

Lo veía pero no podía alcanzarle ni entenderle.

Y no me decía nada.

Sólo me hacía VER.

Parecía observar mi golpear, mis manos retorcidas, y tan sólo esperaba…

Midió mi rendimiento con todas las tensiones disponibles y me halló deficiente.

Me juzgó con una condenación pertinaz.

Era una espina clavada en mi normalidad.

Nunca podría agradarle ni alcanzarle.

Esa terrible tranquilidad constante. Me atormentaba.

Empecé a odiar al lirio.

Como me había recreado en el estudio del lirio,

los amigos preguntaban, “¿Qué estás aprendiendo del lirio?”

“¡A mí no me habléis del lirio!”, contestaba con brusquedad.

Había dado por sentado que el Lirio vendría a apoyarme. Y estaba errada.

El Lirio no era amigo para mi inquietud, ni socorro para mi demencia.

Con el tiempo la visión del lirio se desvanecía.

Transcurrieron varios años.

Grandes tormentas llenaron mi vida, como dijo Pablo,

“Dudas por dentro y presiones por fuera.”

Rechazo, palabras atormentadoras, calumnias, malentendidos, maldad…

todo esto una gran ventisca en mi contra.

Mi caos interno bullía con culpa, fracaso, inutilidad,

amargura, acusación a Dios…

Me hubiera encantado tener tan sólo esa pequeña medida de paz otra vez,

pero aún ella me rehuía.

Al fin dejé de orar pidiendo soluciones.

“Sólo paz, Señor. Sólo quiero paz.”

Ya hacía tiempo que había desestimado el lirio.

Me había cansado de su molesta presencia.

No tenía posibilidades. No podía hacerlo. Lo dejé por imposible.

Pero en ese mismo lugar al fin toqué el Lirio.

El Lirio, en secreto, me había obligado a entrar… en el secreto.

Al renunciar, pude ser controlada.

Al dejar de intentarlo pude ser rescatada y

al no poseer nada pude recibir.

Con el paso del tiempo, había aprendido que,

No puedo salvar

No sé

No tengo

No puedo ser

No puedo hacer

No puedo conseguir

No puedo esperar

No puedo solucionar

No puedo entender

Ni siquiera puedo creer.

Ahora sabía por qué el lirio había estado fuera de mi alcance.

Quería añadirle al lirio los tesoros de mi fe.

De mi conocimiento.

De los dones del Espíritu.

De mis fuerzas.

Pero el Lirio no quería saber nada.

Él habría de ser el ÚNICO principio o no habría de ser nada de nada.

Por eso es que el Lirio no crece en un lugar concurrido.

Crece en tierra santa en desiertos remotos, estériles, desconocidos por casi todos.

Le gusta el lugar de la pobreza. Y el Lirio me rechazó

porque poseía demasiado.

Tenía que perder mucho para hacer espacio

a la simplicidad que es el lirio.

El Lirio ni trabaja…

La maldición del jardín sobre Adán recaía en su trabajo.

Dios es el trabajador, Cristo es el trabajador.

Salmos 127: Si el Señor no construyese la casa…

No puedo hacer el trabajo, pero creo que puedo.

O al menos creo que debería hacerlo.

Tengo que fracasar para conocer el lirio.

Fracasar por completo.

Tengo que aceptar ese fracaso para ser poseído por la paz del lirio.

Muchos fracasan pero no aceptan ese fracaso.

Se rinden y se marchan. “La vida Cristiana no funciona.”

O se desesperan y se sientan en el polvo.

El lirio no lo intenta.

Es.

Es y permanece donde está.

Si llueve, se moja.

Si el sol brilla está tibio.

Es lo que es.

Es el mismo doquiera que esté.

Existe… con los adornos que Dios le da.

No hay más adorno.

Sin pretensiones, sin esfuerzos, tan sólo es.

A lo mejor piensas que es estúpido y necio.

Pero es muy difícil hallar a alguien que es.

Que sea lo suficientemente honesto, lo suficientemente libre para tan sólo ser.

Es la cosa más difícil del mundo ser tan simple.

Es devastador para el ego, muerte para la ambición.

Tienes que naufragar antes de ser, y saber que eso basta.

Basta con existir.

Solamente ser lo que Dios quiere que hoy seas.

El lirio de este pasaje es una flor pequeña y común

que crece en las áreas desiertas de la Tierra Santa.

No es la flor resbaladiza y cérea que conocemos en América.

Una flor corriente.

Bonita, rara… pero una flor cualquiera.

Siempre necesitamos ser algo —algo especial—

algo mejor que.

¿Es que no podemos ser corrientes?

¿Es que no podemos ser lo que somos… y dejar que su magnificencia brille sobre nosotros?

“Tenemos este tesoro en vasijas terrenales.”

El lirio es una simple vasija terrenal. Dios otorga el esplendor.

También el lirio está supeditado.

Dios le tiene que dar todo para mantener al lirio con vida.

Porque el lirio no puede alimentarse a sí mismo.

El lirio, puesto que vive al recibir de Dios,

se viste sólo como Dios le viste.

Tan glorioso como Salomón, el rey más espléndido que jamás existió en la historia.

En su simplicidad, en su oscuridad (pues pocos le valoran)

se le provee de un talante digno de realeza.

Lo que gane para mí misma puede que sea muy bueno.

Aquello por lo que trabajo puede que sea magnífico.

Pero lo que Dios me da sin mi propia contribución

es de un esplendor real sin parangón.

Muy lejos de mi alcance.

De lo cual no he de ser digno.

Una belleza otorgada. Un regalo entregado.

La paz os dejo.

“Mi paz os dejo. No como el mundo la da, yo os la entrego.”

Nuestro problema no es que no tengamos paz.

Es que no podemos aceptar la paz como un simple regalo.

Tengo que ser hecho lo bastante pobre como para ser humilde.

Tengo que ser hecho lo bastante humilde como para pedir limosna.

“Dios, dame paz.”

No puedo ‘hallarla’ ni puedo ‘hacerla’, ni puedo ‘ganármela’.

Tan sólo puedo recibirla.

Heb 4:9 Queda un reposo para el pueblo de Dios.

10 Porque el que ha entrado en su reposo,

también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.

11 Procuremos, pues, entrar en aquel reposo…

Yo tenía muchas opiniones sobre el significado del lirio

pero al final sé que el descanso proviene de la fe.

Por lo tanto el lirio representa la fe, y no tanto el descanso.

El descanso es un resultado.

La quietud es la evidencia…

La fe es el porqué.

La fe es el principio.

Fe de que Dios es el YO SOY.

Como aprendiz de la fe sabes

Que Dios lo hará… si yo lo hago

Que Dios lo hace… si tan sólo yo puedo.

Que Dios podría… si tan sólo yo lo hago.

Los gritones de la fe y los luchadores dicen,

“Dios lo hará… como yo digo.”

Los evangélicos dicen acerca de la fe:

“La Palabra de Dios lo dice, pero no te puedo decir por qué no pasa.”

Yo he estado en ambos campamentos.

La verdadera fe es esta:

Dios lo hizo. Consumado es.

El trabajo está hecho.

Mi parte es averigüar qué trabajo ha sido realizado y recibirlo.

La parte de Dios es reducirme hasta llegar ahí.

Protestaré que es injusto que destruya mi fe en el hombre.

Rechinaré y le acusaré si tan siquiera pone un dedo sobre la fe que tengo en mí mismo.

Mi fe en todo lo demás ha de ser cruelmente asesinada.

El lirio no había venido en mi auxilio.

El lirio había venido para destruir todo lo que no era ‘lirio’ en mi interior.

El lirio trajo consigo vergüenza y naufragio, destrucción a mis seguridades.

Roy Hession dice,

“El avivamiento no vuela la tapa por los aires. Es el desagüe lo que se destapa.”

El tapón del desagüe se desprende bajo tus pies

y todo lo que creías que era dura roca

se desvela tan sólo como el peligro mortal de la arena.

Y no te van a rescatar de ella.

Te vas a hundir más y más en ella hasta que seas destruido, destruido totalmente.

El lirio pertenece a la orilla de la resurrección de las dos playas de la vida.

El lirio llega después de la muerte.

No es una casualidad que en Semana Santa se vean lirios blancos.

Salmo 149: 4,5,6
Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo;

Hermoseará a los humildes con la salvación.

Regocíjense los santos por su gloria (que Dios les confiere)

Y canten aun sobre sus camas.

Exalten a Dios con sus gargantas,

Y espadas de dos filos en sus manos…

Creo que el único dolor válido es el dolor de morir a uno mismo.

Renunciar a la vida de tu alma, morir a tus derechos y deseos. Este es

un dolor insoportable. Es la agonía del Getsemaní y para ello existe el

ministerio de los ángeles ascendiendo y descendiendo.

Cualquier otro dolor tiene poca o ninguna validez.

Alguien me dijo “He sufrido tanto dolor en mi vida que nadie reconoce…”

Y dije, “Lo entiendo. Yo también lo he sufrido.
Pero en mi vida me es vergonzoso admitir
que la vasta mayoría de mi dolor era el dolor de la rebelión o de los derechos,
el dolor del pecado que no gana simpatías para con Dios.”

Debemos ser vaciados para poder recibir.

Debemos ser empobrecidos para poder tener riqueza.

Debemos ser desnudados para poder ser vestidos.

Y debemos ser reducidos antes de poder ser expandidos.

Mateo 6:30

Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?

Porque los gentiles (paganos) buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.

Mas buscad (encaminaros a y luchar por) primeramente el reino de Dios y su justicia, (su forma de hacer las cosas y de ser justo) y todas estas cosas os serán añadidas.

Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

Que nos vistan. Necesitamos la ropa… pero es mucho más que vestiduras.

Es la cubierta de la vergüenza de nuestro pecado,

la provisión de la vida misma de Cristo para cubrir nuestra inepta humanidad.

“Ser revestidos de Cristo”, no intentar ser COMO Él… ese es el lirio.

No voy a “intentar ser.”

Dejaré que Él sea lo que Él quiera ser dentro de mí.

Yo no me moveré, dejaré que Él se levante dentro.

No pensaré.

Él será mi mente.

No exprimiré el amor para que salga.

Él salpicará el amor a través de mí.

Yo no… Él sí.”

Escribí en mi Biblia en 1986 “Yo no puedo hacerlo, Él puede.”

Creía que esa era la intuición más alta posible.

Pero en 1987 escribí “Yo no puedo hacerlo, Él podrá”,

queriendo decir que en algún tiempo futuro, Él podrá.

Otra vez más tarde escribí, “Yo no puedo hacerlo, Él lo hace”,

quería decir presente,

Él lo está haciendo.

Pero en 1988 escribí, “No puedo serlo, Él ya lo es”,

queriendo decir que es consumado.

No ha de ser.

Ya ha sido hecho.

¡Doy un paso para introducirme en lo que está preparado para mí y espero

que mi fe y mi descanso permitan que las promesas vivan por dentro, y por fuera, y a través de mí!

Aquí hay algunos de los escritos de Watchman NEE,

alguien que no sólo conoció al lirio, sino que se convirtió en uno de ellos.

“Dios quiere demostrarnos que no podemos hacer nada en absoluto, y hasta que eso sea reconocido por completo nuestra desesperación y desilusión nunca cesarán.

Todos tenemos que llegar al punto en que digamos, ‘Señor, soy incapaz de hacer nada para Ti, mas confío en que Tú lo harás todo en mí.’

… es Cristo el que obra en mí lo que agrada a Dios.

Cuanto antes renunciemos a intentarlo, tanto mejor, pues si monopolizamos la tarea, no hay ya espacio para el Espíritu Santo. Pero si decimos, ‘No lo voy a hacer; confiaré en que Tú lo hagas por mí’, es que entonces hallaremos que un Poder más fuerte que nosotros mismos nos está llevando adelante.”

“Hemos hablado de intentarlo y de confiar, y de la diferencia entre ambos. Creedme, es la diferencia entre el cielo y el infierno. No es algo de lo que uno charla como si de un pensamiento bonito se tratase; es la cruda realidad.

‘Señor, yo no puedo: así que voy a quitar mis manos; desde ahora confiaré en ti para eso’.

Nos negamos a actuar; dependemos de Él para hacerlo, y luego entramos plenamente y con gozo en la acción que Él inicia. No es pasividad, es la vida más activa que existe, el confiar en el Señor de esa forma; extrayendo la vida de Él, tomándole para que sea nuestra vida misma; permitiéndole vivir Su vida en nosotros según avanzamos en Su nombre.”

Ester se convirtió en un lirio.

Ella descansó en el consejo de sus superiores.

No buscó adornos especiales, ni joyas colgantes

cuando acudió a su rey por primera vez.

Sin pretensiones, pero también sin resistencia.

Y el rey la amó.

Pero sobre todo eso, salvó a su pueblo.

La simplicidad ha dejado de atraernos.

Pero por su propia rareza viene su gran valor.

José se convirtió en un lirio en su injusta prisión.

Renunció a intentarlo.

Tenía las llaves de la celda.

Podía haber escapado.

Pero descansó.

Esperó y Dios le concedió belleza y poder.

Le adornó de esplendor.

David aprendió a descansar durante la época en que se escondía y huía de la ira de Saúl.

Al tratar de salvar su pellejo, aprendió de su gran Rescatador y tuvo paz como un lirio.

Daniel vio de niño como su familia fue asesinada y su casa quemada.

Despojado de su hombría, llevado lejos, hecho esclavo… descansó.

Dios le adornó de sabiduría, secretos de los sueños, poder, autoridad, influencia y visiones. Daniel fue un gran lirio.

Pablo fue un lirio en la prisión de Roma, con cadenas, con carencias.

Se regocijó y escribió… sin quejarse, sin esfuerzo para cambiar o escapar.

Cómo Dios lo adornó a través de los siglos con su lugar especial como escritor mismo de la Palabra de Dios.

¿Qué hubiera pasada si se hubiera amargado y hubiera rehusado escribir a su rebaño?

Cuán bendecidos hemos sido por haber sido él un lirio.

¿Entiendes a lo que tienes que renunciar para ser un lirio?

Piensa en estas cosas…

Control

Entendimiento

Elecciones

Derechos

Logros

Buen nombre

Derechos de propiedad

Orgullo…

…el propio Yo.

Feb. 24, l993

Copyright © Martha Kilpatrick l997

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