Autobiografía de Madame Guyon (1ª Parte) – La Web Cristiana de Apologetica

e dije que mi plan era adentrarme en la región, y emplear allí mis fondos para levantar una fundación, con vistas a todos aquellos que estuvieran de verdad dispuestos a servir a Dios, y entregarse a Él sin reservas; y que muchos de los siervos del Señor me había animado a ir hacia allí. Al Obispo le pareció bien el plan. Dijo que los Nuevos Católicos se iban a establecer en Gex, cerca de Génova, y que aquello era algo de la providencia. Yo le contesté que no tenía vocación hacia Gex, sino hacia Génova. Dijo que desde allí podría desplazarme sin problemas a esa ciudad. Pensé que esto era un camino que la Providencia había abierto para hacer este viaje con los mínimos inconvenientes. Como todavía no sabía a ciencia cierta nada de lo que el Señor habría de hacer por medio de mi mano, no deseaba oponerme en nada. “¿Quién sabe – decía yo – si la voluntad de Dios sólo consiste en que haya de contribuir a este asentamiento?”  Me fui a ver a la priora de los Nuevos Católicos de París. Parecía estar muy contenta, y me aseguró que con gusto estaría de mi lado. Como ella es una gran sierva de Dios, esto me sirvió de confirmación. Cuando podía reflexionar un poco, cosa rara, pensaba que Dios la escogería a ella por su virtud, y a mí por mis bienes terrenales. Cuando inadvertidamente me miraba a mí misma, no podía pensar que Dios haría uso de mí; pero cuando veía las cosas en Dios, entonces percibía que cuanto menos era yo, tanto más encajaba en sus designios. Ya que no veía en mí nada extraordinario, y me veía en el más bajo nivel de perfección, y me imaginaba que designios excepcionales requerían un excepcional grado de inspiración, esto me hacía dudar y temer engaño. No era que tenía miedo de algo, con relación a mi perfección y salvación, pues se habían remitido a Dios; sino que tenía miedo de no hacer su voluntad por ser demasiado apasionada y precipitada en hacerla. Fui a consultar al Padre Claude Martin. En aquel tiempo no me dio una respuesta definitiva, exigiendo tiempo para poder orar sobre ello; diciendo que me escribiría con lo que a él le pareciera ser la voluntad de Dios para conmigo. Me costó trabajo llegar a hablar con Monseñor Bertot, bien por su difícil acceso, bien porque sabía hasta qué punto condenaba él las cosas extraordinarias, o fuera del uso normal. Como era mi guía espiritual, me sometía, en contra de mi propia visión y juicio, a lo que él dijera, echando a un lado mis propias experiencias cuando el deber me pedía creer y obedecer. Pensé, sin embargo, que en una cuestión de esta importancia debía dirigirme a él, y antes escoger su sentir sobre el tema al de cualquier otro, persuadida de que me diría la voluntad de Dios de una forma infalible. Fui entonces a él, y me dijo que mi designio era de Dios, y que había tenido un sentir dado por Dios durante un tiempo atrás, de que requería algo de mí. Por lo tanto volví a casa para ponerlo todo en orden. Amaba mucho a mis hijos y me encantaba estar con ellos, pero lo resigné todo a Dios para seguir su voluntad.  Cuando regresé de París, me puse en las manos de Dios, resuelta a no tomar ningún paso, bien fuera hacer que el asunto saliera adelante o fracasara, o bien que avanzara o retrocediera, sino moverme sencillamente al compás que Él gustara marcar. Tuve misteriosos sueños que no presagiaban sino tribulaciones, persecuciones y desgracias. Mi corazón se sometía a lo que quiera que a Dios le agradara disponer. Tuve uno que fue muy elocuente.  Mientras estaba atareada en algún deber necesario, vi cerca de mí un pequeño animal que aparentaba estar muerto. Me dio la impresión de que este animal era la envidia de algunas personas, que parecían estar muertas por algún tiempo. Lo levanté, y como vi que intentaba por todos los medios de morderme, y que se estaba haciendo más grande, lo tiré lejos. De inmediato vi que había llenado mis dedos de púas puntiagudas como agujas. Me allegué a alguien que yo conocía para que me las sacara; sin embargo, las metió más hacia dentro, y me dejó así, hasta que un caritativo sacerdote de gran mérito (cuyo rostro aún sigue conmigo, y nunca le he llegado a ver, aunque creo que antes de morir lo haré) alzó este animal con un par de tenazas. En el momento en que lo tenía agarrando con fuerza, aquellas afiladas púas se cayeron por sí mismas. Vi que había entrado fácilmente en un lugar que previamente parecía inaccesible. Y a pesar de que el barro me llegaba a la cintura, yendo de camino a una iglesia desierta, logré abrirme camino a ella sin llegar a ensuciarme nada. Más adelante será fácil ver lo que esto quería decir. Sin duda le sorprenderá a usted el ver que yo, que hago tan poca mención de cosas extraordinarias, relate sueños. Lo hago por dos razones; en primer lugar a causa de la fidelidad, por haber prometido no omitir nada de lo que pudiera hacer memoria; en segundo lugar, porque es el método del que Dios hace uso para comunicarse con almas que son fieles, para darles atisbos de cosas por venir que les conciernan. De este modo los sueños misteriosos se pueden encontrar en muchos lugares de las santas Escrituras. Tienen unas singulares características, como: Dejan constancia de que son misteriosos, y que tendrán su efecto a su debido tiempo.   Raramente se disipan de la memoria, aunque uno olvide todos los demás.   Intensifican la certeza de su verdad cada vez que uno piensa en ellos.   Normalmente dejan una especie de unción, un sentir divino o una sensación cuando uno se despierta. Recibí cartas de diversas personas religiosas, algunas de las cuales vivían lejos de donde yo vivía, y parte resultado de contactos personales entre estas mismas personas, impulsando mi puesta en marcha al servicio de Dios, y algunos de ellos mencionando a Génova en particular, todo de una forma tal que llegó a sorprenderme. Uno de ellos dio a entender que allí habría de llevar la cruz y ser perseguida; y otro de ellos que sería ojos para el ciego, pies para el cojo, y brazos para el tullido. El párroco, o capellán, al que pertenecía mi casa, tenía gran temor de que estuviera bajo falsas ilusiones. Lo que en aquel entonces me fue de gran confirmación era que el Padre Claude Martin, al que he mencionado hace poco, me escribió que, tras muchas oraciones, el Señor le había dado a conocer que me requería en Génova, y que habría de sacrificárselo todo a Él de forma libre y voluntaria. Yo le respondí que quizás el Señor no requería nada de mí salvo cierta cantidad de dinero para ayudar a fundar una institución que iba a ser establecida allí. Respondió que el Señor le había hecho saber que no quería mis bienes terrenales, sino mi propia persona. Justo al mismo tiempo que esta carta, recibí una del Padre LaCombe, diciéndome que el Señor le había dado a él, al igual que a varios de sus buenos y fieles siervos y siervas, una convicción de que Él me quería en Génova. Los firmantes de estas dos cartas vivían a más de ciento cincuenta leguas de distancia uno del otro; pero ambos escribieron lo mismo. No podía sino estar un tanto perpleja de recibir al mismo tiempo dos cartas exactamente iguales, de dos personas viviendo tan lejos una de la otra. En el momento en que me convencí totalmente de que se trataba de la voluntad de Dios, y veía que no había nada en la tierra capaz de detenerme, mi alma llevaba en sí cierto dolor en tener que dejar a mis hijos. Y mientras pensaba en esto una duda se aferró a mi mente. ¡Oh Señor mío! Si me hubiera amparado en mí misma, o en las criaturas, me habría rebelado; «He aquí que tú confías en Egipto, en ese bastón de caña cascada, que a cualquiera que se apoye sobre ella, le entrará por la mano y se la atravesará». Pero confiando sólo en Ti, ¿qué habría de temer? Entonces me decidí a ir, a pesar de las censuras de los que no entienden lo que es ser un siervo del Señor, y lo que conlleva recibir y obedecer sus mandatos. Creía firmemente que Él, en su Providencia, dispondría de los medios necesarios para la educación de mis hijos. Por niveles lo puse todo en orden, siendo el Señor mi única guía. S i por un lado la Providencia asignaba mi renuncia a todas las cosas, por el otro parecía endurecer mis cadenas, y hacía más reprochable mi ruptura. Nadie podría recibir mayores señas de afecto de su propia madre que aquellas que por aquel entonces recibía yo por parte de mi suegra. Aun la enfermedad más insignificante que me acaecía le afectaba mucho. Decía que veneraba mi virtud. Creo que lo que contribuyó un buen tanto a este cambio, fue que había oído que tres personas me habían ofrecido su mano, y que los había rechazado, aunque su fortuna y posición eran bastante superior a las mías. Se acordó de cómo me había reconvenido duramente sobre este tema, y de que yo no le había contestado ni una palabra, y de ahí podría haber pensado que había estado en mi mano el haberme casado en beneficio propio. Empezaba a temer que un trato tan riguroso, como el suyo había sido para conmigo, me pudiera incitar a librarme ahora de su tiranía usando los mismos medios, con honor, y era susceptible al daño que ello pudiera ocasionar a mis hijos. Así que ahora era muy cariñosa conmigo en cualquier situación.  Caí terriblemente enferma. Pensaba que Dios había aceptado mi voluntad de sacrificárselo todo a Él, y que lo exigía con mi propia vida. Durante esta enfermedad, mi suegra no se apartó de mi lecho; sus muchas lágrimas probaron la sinceridad de su afecto. Aquello me afectó mucho, y creí amarla como a mi verdadera madre. ¿Cómo podía, pues, dejarla ahora, siendo tan anciana? La doncella que hasta entonces había sido mi plaga, concibió una insólita amistad hacia mí. Me loaba en todo lugar, encomiando mi virtud a lo más alto, y me servía con extraordinario respeto. Me suplicó perdón por todo lo que me había hecho sufrir, y tras mi partida se moría de pena. Había un sacerdote de mérito, un hombre espiritual, que se había hundido por la tentación de querer asumir un empleo que yo sentía que Dios no le había llamado a hacer. Temiendo que pudiera ser una trampa para él, le aconsejé en contra de ello. Él prometió que no lo haría, pero lo aceptó. Después me esquivó, contribuyó a calumniarme, se apartó poco a poco de la gracia, y murió poco después. Había una monja en un monasterio, al que yo solía ir a menudo, que había entrado en un estado de purificación, y todos los que estaban en la casa lo veían como una distracción. La encerraron bajo llave y todos el que iba a verla lo denominaba delirio o melancolía. Yo sabía que era persona devota, y solicité verla. En el momento en que me acerqué a ella, sentí una impresión de que lo que buscaba era pureza. Le rogué a la Superiora que no la encerraran, ni que se permitiera que la gente la viera, sino que me la confiara a mi cuidado. Yo esperaba que las cosas cambiaran. Descubrí que su mayor pena era que la tomaran por tonta. Le aconsejé que sufriera el estado de insensatez, pues Jesucristo había estado dispuesto a soportarlo ante Herodes. Este sacrificio la tranquilizó de inmediato. Pero como Dios deseaba purificar su alma, la separó de todas esas cosas por las que antes había tenido el mayor de los apegos. Al fin, después de haber padecido con paciencia sus sufrimientos, su Superiora me escribió que yo tenía razón, y que ahora ella había salido de ese estado de abatimiento, con una pureza mayor que nunca. En aquel entonces el Señor sólo me dio a conocer a mí su estado. Este fue el génesis del don de discernir espíritus, que luego recibí en mayor medida. El último invierno antes de que dejara la casa fue uno de los más largos y duros en varios años (1680). A éste le siguió un tiempo de terrible escasez, que para mí vino a ser una oportunidad de ejercitar la caridad. Mi suegra se unió conmigo de corazón, y a mí me parecía tan cambiada, que no podía sino sorprenderme y gozarme por ello. Distribuíamos en casa noventa y seis docenas de hogazas de pan cada semana, pero las dádivas hacia los tímidos era mucho mayores. Mantenía empleados a muchachos y muchachas. El Señor trajo tal bendición a mis limosnas, que no veía que mi familia perdiera nada por ello. Antes de la muerte de mi marido, mi suegra le dijo que le arruinaría con mis obras de beneficencia, aunque él mismo era tan caritativo que, un muy querido año, cuando era joven, repartió una suma considerable. Ella se lo repitió tanto, que me mandó tomar nota de todo el dinero que invertía, de la parte que ponía para los gastos de la casa, y de todo lo que compraba, para así poder juzgar mejor lo que daba al pobre. Esta nueva obligación de la que me hicieron responsable me parecía muy ruda, pues durante más de once años que habíamos estado casados, nunca antes me habían pedido algo así. Lo que más me preocupaba era el temor de que no me quedara suficiente para dar a los que lo necesitaban. Sin embargo, me sometí a ello, sin retener nada en ninguna área de mis limosnas. En realidad no anotaba ninguna de mis ofrendas, aunque mi relación de gastos cuadraba con exactitud. Me quedaba muy perpleja y sorprendida, y lo consideraba una de las maravillas de la Providencia. Vi con claridad, oh mi Señor, que lo que me hacía ser más desprendida con aquello que yo creía que era Tuyo, y no mío, sencillamente provenía de tus arcas. ¡Oh, si sólo supiéramos hasta qué punto la caridad, en vez de malgastar o disminuir los bienes del donante, los bendice, aumenta y multiplica copiosamente! Cuánto inútil despilfarro hay en el mundo, cosas que, usadas adecuadamente, supondrían cuantiosa ayuda para la subsistencia del pobre, y serían restituidas con abundancia y ampliamente recompensadas a las familias de aquellos que las dieran. En el tiempo de mis mayores pruebas, algunos años después de la muerte de mi marido (pues comenzaron tres años antes de mi viudez, y duraron cuatro años más), vino un día a decirme mi lacayo (yo estaba entonces en la campiña) que había un pobre soldado en la carretera que se estaba muriendo. Hice que lo llevaran adentro, y mandé que se le preparara un lugar separado, donde lo mantuve más de una quincena. Su dolencia era una herida infectada que había tomado en el ejército. Era tan nauseabunda que, aunque la servidumbre se inclinaba a la caridad, nadie podía soportar acercársele. Yo misma fui a supurarle sus venas. Pero nunca había hecho algo tan difícil. A menudo tenía que esforzarme durante un cuarto de hora seguida sin parar. Parecía como si mi propio corazón se me fuese a salir; mas nunca desistí. Algunas veces tenía a gente pobre en mi casa para vendar sus llagas purulentas; pero nunca me había visto ante algo tan terrible como esto. El pobre hombre, después de haberle hecho recibir el sacramento, murió.  Lo que ahora me daba no pocas preocupaciones era el cariño que le tenía a mis hijos, en especial a mi hijo más pequeño,* a quien tenía razones de peso para amar. Vi que tendía al bien; todo parecía estar a favor de las esperanzas que había depositado en él. Pensé que se corría un gran riesgo abandonándole a la educación de otro. Planeaba llevar a mi hija conmigo, aunque en aquel entonces estaba enferma de una muy impertinente fiebre. No obstante, la Providencia se complació en disponer las cosas de forma tal que se recuperó rápidamente.    Guyón sólo tenía dos hijos; el mayor, y la niña que tuvo poco antes de que muriera su marido. Sin embargo, aquí parece tener otro niño, que estaría situado en medio. Consultando otras fuentes, parece ser que tenía tres hijos en total, aunque existe la posibilidad de que la traducción original del francés al inglés, de donde se ha traducido este manuscrito, sea errónea. La única referencia a un posible tercer niño es la distinción entre un hijo varón más joven y otro mayor, distinción que continúa en la segunda parte, aunque se hace de una forma poco clara. Puede que este hijo fuera adoptado. Las cuerdas con las que el Señor me aferraba fuertemente a su lado, eran infinitamente más recias que aquellas de carne y sangre. Las leyes de mi sagrado matrimonio me obligaron a dejarlo todo, con el propósito de seguir a mi esposo a cualquier lugar desde el que Él me llamara. Aunque a menudo titubeaba, y dudé mucho antes de irme, tras mi marcha nunca dudé que fuera su voluntad; y aunque los hombres, que sólo juzgan las cosas conforme al éxito que aparentan tener, han aprovechado la ocasión brindada por mis desgracias y sufrimientos para juzgar mi llamado y para tacharlo de error, ilusión, e imaginación, ha sido esa misma persecución, y la multitud de extrañas cruces que ha traído sobre mí (de las cuales este encarcelamiento que ahora sufro es una) lo que me ha afianzado en la certeza de su verdad y validez. Estoy más convencida que nunca de que la resignación con la que he llevado todas las cosas ha sido hecha en una obediencia pura a la voluntad divina. El evangelio da efectiva muestra en este punto de su propia verdad, pues ha prometido a aquellos que lo dejen todo por amor al Señor «reciba cien veces más ahora en este tiempo…, con persecuciones también». ¿Y no he tenido yo infinitamente más de cien veces, en una posesión tan absoluta como la que mi Señor ha tomado de mí; en esa inconmovible firmeza que me ha sido otorgada en medio de mis sufrimientos, manteniendo perfecta quietud en medio de una furiosa tempestad que me arrecia por todos lados; en un gozo inefable, expansión, y libertad de los que disfruto en la más rotunda y rigurosa cautividad? No quiero que mi prisión haya de terminar antes del tiempo señalado. Amo mis cadenas. Todo me es por igual, pues no tengo una voluntad que sea mía, sino el amor puro y la voluntad perfecta de aquel que me posee. En verdad que mis sentidos no se deleitan en tales cosas, sino que mi corazón está separado de ellas. Mi perseverancia no es mía, sino de aquel que es mi vida; así que puedo decir con el apóstol: «y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». Es en Él en quien vivo, me muevo, y tengo mi existir. Volviendo al tema, debo decir que no era en sí tan reacia a hacer el viaje con los Nuevos Católicos, como al hecho de unirme a ellos, pues no tenía ningún interés en ello, aunque intentaba encontrarlo. En realidad anhelaba contribuir a la conversión de almas errantes, y Dios me utilizó para convertir a varias familias antes de mi partida, una de las cuales se componía de once o doce personas. Por otro lado, el Padre LaCombe me había escrito diciéndome que aprovechara esta oportunidad para poder salir, pero no me dijo si había de unirme a ellos o no. De este modo la Providencia de Dios era la única que lo ordenaba todo, a la cual me resignaba sin reservas; y esto es lo que impidió que me uniera a ellos. Un día, al reflexionar humanamente en esta empresa mía, vi que mi fe se tambaleaba, debilitada por un temor de que pudiera ser que estuviera equivocada, un temor ciego que se vio incrementado por la visita de un párroco, que me dijo que era un plan imprudente y muy mal aconsejado. Encontrándome un tanto desanimada, abrí la Biblia, y me vi ante este pasaje de Isaías: «No temas, gusanito de Jacob; vosotros, los poquitos de Israel. Yo soy tu socorro, dice Jehovah, tu Redentor, el Santo de Israel». (Isa.41:14) y cerca de ello: «Porque yo, Jehovah, soy tu Dios que te toma fuertemente de tu mano derecha y te dice: ‘No temas; yo te ayudo’».  Ya tenía pues el valor suficiente para ir, pero no terminaba de convencerme de que fuera igual de bueno asentarme con los Nuevos Católicos. No obstante, era necesario ver a la Hermana Garnier, su superiora en París, con el fin de llegar juntas a un acuerdo. Pero no podía irme a París, pues ese viaje me hubiera impedido tomar otro que tenía que hacer. Entonces ella, aun muy indispuesta, se decidió a venir y visitarme. ¡De qué forma tan maravillosa, oh mi Dios, encaminaste Tú las cosas a través de tu Providencia, para hacer que todo se allegara a tu voluntad! Cada día veía nuevos milagros que, o bien me sorprendían, o aún más me confirmaban; pues con una bondad paternal cuidaste incluso de las cosas más pequeñas. Cuando estaba ya dispuesta y a punto de partir, cayó enferma. Y Tú permitiste que las cosas salieran así, para poder dar yo cobijo a una persona que entretanto hizo un viaje para venir a verme, y que si no lo habría descubierto todo. Ocurrió que como esta persona me había puesto al tanto del día en que pretendía salir de viaje, viendo yo que ese día era excesivamente caluroso y sofocante, pensé que a una persona a la que cuidaban con tanto esmero en su casa no le permitirían de ningún modo comenzar su viaje (en realidad este fue el caso, como después ella misma me dijo), con lo que oré al Señor para que se complaciera en levantar un aire para moderar el sofocante calor. No había terminado de orar, cuando repentinamente se levantó un aire tan refrescante que me sorprendí, y el viento no cesó durante todo su viaje. Pocos días después, tras la marcha de esta persona, fui al encuentro de la Hermana Garnier y la llevé a mi casa de campo, de forma que nadie la vio ni la llegó a reconocer*. Lo que me resultaba un tanto embarazoso era que dos de mis sirvientes la conocieran. Pero como en aquel entonces yo andaba tras la conversión de una dama, pensaron que era debido a esto que la había mandado llamar, y que era necesario guardarlo en secreto para evitar que esta otra dama se hubiera de arrepentir de venir. Coincidimos con esta dama, y aunque yo no sabía nada acerca de temas controvertidos y delicados, Dios me respaldó tanto que no dejé de contestar a todas las objeciones de esta dama, y resolver todas sus dudas, a tal punto que no pudo hacer otra cosa que entregarse a Dios por completo. A pesar de que la hermana Garnier retenía una buena porción de gracia y entendimiento natural, sus palabras en esta alma no tuvieron el mismo efecto que aquellas con las que Dios me revistió, como ella misma me aseguró. Ni siquiera podía resistirse a hablar de ello. Despertóme el deseo interior de pedirle su testimonio de parte de Dios, como prueba de Su santa voluntad para conmigo. Pero Él no se agradó de concederlo en ese momento, complaciéndose de que hubiera de partir sola, sin más seguridad que su divina Providencia estaba dirigiendo todas las cosas. La Hermana Garnier no me dejó saber su opinión hasta cuatro días después. Entonces me dijo que no me acompañaría. Ante esto me sorprendí aún más, pues me había convencido a mí misma de que Dios concedería a su virtud lo que habría rehusado conceder a mis deméritos. Además, las razones que me dio me parecieron ser meramente humanas, y desprovistas de gracia sobrenatural. Esto me hizo dudar un poco; entonces, armándome de un nuevo coraje y valor, mediante la resignación de todo mi ser, le dije: “Puesto que no es por usted que me voy allí, aunque no me acompañe, no dejaré por eso de ir”. Esto la sorprendió, como ella misma me hizo saber; pues ella pensaba que, dada su negativa, yo renunciaría a mi propósito de ir.   Este punto del texto no está muy claro; la única explicación posible era que había tal rechazo por parte de los practicantes católicos hacia las nuevas corrientes religiosas más liberales, que Guyón intentó evitar por todos los medios que se supiera la llegada a su propia casa de una superiora de los Nuevos Católicos, rama un tanto “Protestante” y “Calvinista”, términos, esperamos todos, desprovistos de las connotaciones presentes en aquel siglo. Lo puse todo en regla, y firmé el contrato de asociación con ellos que consideré apropiado. No había acabado de hacerlo, que sentí una gran conmoción y desasosiego en mi mente. Le comenté a ella mi angustia, y que no tenía ninguna duda de que el Señor me demandaba en Génova, y que, sin embargo, no me había hecho ver que hubiera de pertenecer a su congregación. Quiso disponer de algún tiempo hasta después de las oraciones y la comunión, y entonces me diría lo que ella creía que el Señor iba a requerir de mí. Y así fue. Él la guió en contra de sus intereses y preferencias. Fue entonces que me dijo que no debía adherirme a ella, que ese no era el plan del Señor; que sólo debía acompañar a sus hermanas, y que cuando estuviera allí, el Padre LaCombe (cuya carta había ella leído) me haría ver la voluntad divina. Al instante me adentré en este sentir, y mi alma recuperó entonces el dulzor de la paz interior. Mi primer pensamiento había sido (antes de oír que los Nuevos Católicos iban a Gex) ir directamente a Génova. En aquel entonces allí había Católicos en servicio; de cualquier forma podría haber alquilado una pequeña habitación sin armar ningún ruido, sin dejarme conocer al principio; y como sabía preparar toda clase de ungüentos para sanar heridas y en especial el mal del rey, que proliferaba en aquel lugar, y por el que yo tenía una cura muy segura, esperaba así ser capaz de insinuarme con relativa facilidad, y también a través de las caridades que hubiera podido ejercer con el fin de ganarme a muchas personas. No dudo que, si hubiera seguido este impulso, las cosas habrían salido mejor. Pero yo creía que debía acatar el sentir del Obispo en vez del mío propio. ¿Qué estoy diciendo? ¿No ha tenido tu Palabra eterna, oh mi Señor, su efecto y su cumplimiento en mí? El hombre habla como hombre; pero cuando contemplamos las cosas en el Señor, las vemos bajo otra luz. Sí, mi Señor, tu designio no era entregar Génova a mis cuidados, palabras u obras, sino a mis sufrimientos; pues cuanto más veo que las cosas parecen no tener esperanza, tanto más confío en que la conversión de esa ciudad sea por un camino que sólo Tú conoces*.   (Este es otro de los puntos interesantes de esta biografía. Hemos visto anteriormente (Cap. XII) que sentir cierto tipo de cosas no depende de uno mismo. Aquí vemos que el llamado de Guyón hacia la conversión de Génova, no era tal. Génova habría de ser utilizada para quebrantar más aún a la autora, no para que fuera la “gran obra” de Dios. Esto amplía en gran medida la visión del amor de Dios hacia sus ovejas, un Dios que busca su perfeccionamiento) Desde aquel entonces, el Padre LaCombe me ha dicho en varias ocasiones que tuvo un fuerte impulso de escribirme para que no me uniera a los Nuevos Católicos. Creía que no era la voluntad del Señor para conmigo; pero se abstuvo de hacerlo. En cuanto a mi guía espiritual, Monseñor Bertot, murió cuatro meses antes de mi partida. Tuve ciertos presentimientos sobre su muerte, y me dio la impresión de que me había legado una porción de su espíritu para poder ayudar a sus hijos. Me vi presa de un miedo de que la confirmación que había sentido sobre el tema de Génova, al haber invertido tanto a favor de los Nuevos Católicos, en detrimento de lo que había proyectado en cuanto a aquella, era una estratagema de la naturaleza, a quien no le gusta que la desnuden. Escribí a la Hermana Garnier para poder firmar un contrato acorde con mi primer memorándum*. Dios me permitió cometer esta falta para que pudiera apreciar en todo lo posible su protección sobre mí.   Es decir, asociarse con ellos para que, yendo en contra de lo que ella deseaba realmente (ir a Génova directamente), su naturaleza, no se aprovechara y la engañara. En la Parte II de la biografía, ante un notario, se dio cuenta del error y no firmó el contrato de asociación.
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